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CAMINOS DE LA MANCHA
FUENCALIENTE A PRINCIPIOS DE LOS AÑOS SESENTA

En este ameno libro, su autor, José Antonio Vizcaíno, narra sus viajes a principios de los años sesenta por diversos pueblos de La Mancha, contando su historia y describiendo a sus habitantes. En su viaje a Fuencaliente se encontrará con el pueblo en ebullición por ser el día previo a una montería, y se topará con los "señoritos" que vienen de caza y se alojan en el Balneario; con los cazadores del pueblo que se reúnen en las peñas ya desaparecidas (Los Vuelcaollas, La Cijaca, o la Mesa La Pólvora); con Curro y Benito, los guardias municipales; con personajes como El Cacharrante; conocerá "la cargazón del rústico aumentada por el vino" y al final se tendrá que ir sin ver las pinturas rupestres y con una buena "chupa" de agua. Ésta es la narración de su visita a Fuencaliente.

"Caminos de la Mancha". José Antonio Vizcaíno. Editorial El Avapiés. 1966.

TERCER CAMINO

UN SOLDADO CABEZÓN
!BEBA USTED, SEÑOR ESCRIBANO!
LOS MONTEROS DE FUENCALIENTE
AQUÍ NO HAY MÁS QUE TOSER Y PEER

Fuencaliente, cuyo origen primero se remonta al periodo epipaleolítico, fue conocido en el siglo XII por Fuencalda. Cuenta la leyenda que un soldado de Cabezarrubias, a su paso por el lugar camino de su pueblo natal, acudió a bañarse a las aguas de una charca y en ella vio reflejada una imagen de la Virgen que había en un árbol cercano. Inmediatamente sanó el soldado de unas erupciones que padecía, fruto de las penosas jornadas de la guerra, por lo que, sin dudarlo un momento, guardó la imagen en su macuto y prosiguió la marcha. Al llegar a Cabezarrubias, con gran contento, dio cuenta del hallazgo y de la milagrosa curación, mas su sorpresa fue grande al abrir el morral y verlo vacío. Sin embargo, nuestro buen soldado era cabezón (sin que haya en ello alusión alguna a su patria chica) y determinó volver sobre sus pasos. De nuevo encontró la imagen en el árbol y de nuevo la depositó en sus alforjas, procurando esta vez cerrarlas convenientemente. No obstante, el resultado tornó a ser desesperanzador: desaparición de la imagen, cara de pasmo del soldado y pliegues maliciosos en las bocas de sus vecinos. Ah, pues esto no puede quedar así!, clamó el soldado; y tanta fue su obstinación que convenció a las autoridades religiosas para que le acompañaran al lugar del prodigio. Hiciéronlo así, y, llegados al sitio, quedaron convencidos de la veracidad del relato. Asieron la imagen, la encerraron con gran cuidado y, ya en Cabezarrubias, al querer mostrarla a la multitud, descubrieron su falta. Entonces, diéronse a pensar los sabios varones y uno de los tantos, el más avispado, encontró la solución: eso es que la Virgen no desea moverse del lugar en el que fue hallada, dijo, construyamos una ermita en su honor. Y de esta manera se hizo y con la referida ermita, alzada sobre las benefactoras aguas, topó el maestre de Calatrava, don Pedro Muñoz de Godoy, cuando se encaminaba a Andalucía en seguimiento del rey Enrique de Trastamara. El tal maestre —que de suyo debía ser dadivoso— concedió licencia al fraile Benito Sánchez para poblar los territorios cercanos y recibir tributos de los nuevos moradores. En la iglesia parroquial de Fuencaliente hay un grupo escultórico que representa a la Virgen de los Baños y al soldado a sus pies, en actitud recogida, justamente encima del manantial que abastece de aguas termales al balneario.

— Aquí, a Fuencaliente, vienen muchos a curarse el reuma —dice Andrés—. Estas aguas tienen fama de ser muy saludables.

— Pero cuando están los bañistas no se puede venir ni de paso — agrega Cecilia — Invaden el balneario, lo ponen todo perdido, ! con decirle que van por las calles en albornoz!

Al caminante eso de ir por la calle en albornoz no le parece grave pecado (todo es cuestión de tener albornoz y dónde lucirlo) y tocante a ponerlo todo perdido, pues, ¡ a ver!, si se mojan..., tendrán que salpicar. Además, que en Cecilia, tan multitudinaria, tan sociable, tan amiga de la colectividad, extrañan tales manifestaciones, por muy chapoteadores de aguas sucias que sean los bañistas o muy bereberes que parezcan.

— Nosotros ya tenemos alojamiento reservado en el balneario —le confía Andrés al caminante—. Aunque habrá llegado bastante gente, porque esta es la última cacería de la temporada, venga usted conmigo a ver si todavía queda algo libre.

Fuencaliente es pueblo que se desparrama desde lo alto, resbalando sus calles ladera abajo, por lo que todas forman cuesta y muy pronunciada. La del balneario —la más importante—, aunque también empinada, corta en transversal al resto, a espaldas de las dos o tres plazoletas que circundan a la iglesia. Cuando el matrimonio Pum-Pum y el caminante hacen su aparición, una larga hilera de automóviles estacionados les precede.

— ¡Lo que dije! —suspira Cecilia—. ¡Somos los últimos!

No había espacio suficiente en el balneario para los tres viajeros y el caminante tuvo que volver a la calle y solicitar ayuda al cabo de la guardia municipal.

— !No se pure usté, amigo! ¿Qué dice, que quiere una cama? ¡ Pues, como si quiere doscientas! Aquí estoy yo para proporcionársela. Usté no se me ponga nervioso, que ya vera como todo se arregla.

El caminante iba a replicar que no se apuraba por tal nimiedad, ni tampoco se ponía nervioso, mas, considerando el celo y las ganas de agradar del cabo, creyó oportuno aparentarlo y así no atentar contra la más elemental de las cortesías.

—Usté se va ahora a tomarse unos vinos donde yo le lleve, luego a cenar y después, cuando tenga deseos de tumbarse, no tiene más que decirme: Curro, que me quiero ir a la cama. Y yo le llevo a usté a un sitio donde le van a tener que despertar con pólvora.

—Lo de la pólvora vale más que la ahorren por si hace falta en la cacería. En cuanto a lo demás, de acuerdo, Curro. Se llama usted Curro, ¿no es eso?

—Si, señor, digo……, no, señor. Yo me llamo Juan, ¿sabe? Lo que pasa es que aquí me dicen Curro por mi madre, que era la Currita. Algunos, dése cuenta, hasta me nombran por Francisco y por Paco, ¡ y no quiera saber la que se armó cuando la mili!

Francisco, digo Paco, digo Curro, digo Juan, entorna los ojos y hasta se le nublan un poquito al recordar aquellas añejas glorias de su época militar. Porque Francisco, digo Paco, digo Curro, digo Juan, tuvo que ser un buen soldado. No hay más que verle la marcialidad y la gallarda apostura con que luce el uniforme —más burocrático que guerrero— de su desempeño municipal.

—Yo estuve en Santa María de la Cabeza cuando la guerra, sí señor. Y aún tengo en esta pierna la cicatriz que me dejó una bala traidora.

Junto al balneario, separada tan sólo por un callejón de acceso a la plaza, hay una taberna; y en esta taberna, en el piso de arriba, se reúnen los miembros de una de las tantas sociedades de cazadores que abundan en Fuencaliente. Allí fue a parar el caminante, acompañado por Francisco, digo Paco, digo Curro, digo Juan.

—Oiga, para no liarlo más, ¿usted cómo prefiere que le llamen?

— ¿Yo? Curro, sí señor. Me gusta más Curro.

Curro (el nombre o apelativo) posee reminiscencias andaluzas y como Fuencaliente, pese a pertenecer a la provincia de Ciudad Real, es pueblo netamente serrano en cuanto a posición geográfica, aficiones y modos de vivir, se acomoda más a la usanza de los cordobeses de la otra linde que a los manchegos de su propia demarcación.

—Oiga, Curro, ¿usted cree que la Mancha tiene algo que ver con Fuencaliente?

—No, señor; ná. Nosotros, los de por aquí, nos tiramos más hacia abajo, hacia Andalucía, que a otra cosa.

Los hombres de la sociedad de cazadores ocupan una pequeña habitación, en cuyas paredes se arraciman cornamentas de venado, láminas de perros, cuadritos con fotografías de momentos triunfales, medallas y sendas cabezas de ciervo y jabalí.

— ¡Beban ustedes del vino Mejía, que invita este señor, que es primo hermano!

Las botellas se consumen con rapidez pasmosa y es que los hombres están contentos porque al día siguiente hay montería. Los forasteros, los señoritos que pagan unos miles de pesetas por el puesto, entran y salen, cumplimentan a los pueblerinos, se beben un par de vasos con ellos, soportan con una sonrisa bromas reiterativas, frases torpes, la cargazón natural del rústico aumentada por el vino... No hay más remedio que aguantarlo —seguro que piensan—. Conviene estar a bien con esta gente. Total, ¡para una vez al año...!

—Don Lorenzo, a usté mañana lo hacemos novio. !Ya lo verá como sí!

—¿A mis años me vais a hacer vosotros? Pero, ¡no veis que soy viudo de tres mujeres!

El Cacharrante, muy oficioso en atender a los recién llegados, es de los que arman más barullo y se pone pesadísimo queriendo agradar.

— ¡ Paco, tu vaso! ¡ Paco, tu vaso! ¡ Paco, tu vaso! —y así.

Curro, en mitad del griterío, le pregunta al caminante si irá al día siguiente a la cacería y el caminante le responde que prefiere acercarse hasta la Peña Escrita, la de las pinturas rupestres y posible lugar de penitencia de don Quijote.

— ¡Ah, ya verá usté cosa seria! Pero, tiene que acompañarle alguien y yo no voy a poder... Mire, se lo diré a mi compañero, al otro guardia, que le lleve con una borriquilla que él tiene y que es como una moto...

Persisten las voces de los cazadores, como recios escopetazos en pos de la pieza deseada, hablan todos a la vez, cada cual no escucha más que a sí mismo y sus hazañas respectivas, caprichosamente engordadas, crecen y crecen y crecen...

El caminante ha sacado su cuaderno de notas para tomar algunos apuntes y el Cacharrante que lo ve, con un par de vasos en la mano, según costumbre, le grita:

— ¡Beba usté, señor escribano! —y le tiende un vaso—. Pero, ¡ beba con tiento, eh, que si usté se emborracha anda mal la contabilidá !

Amanece nublado en Fuencaliente. La sierra toda es un gigantesco toro bravo que le tira cornadas al cielo y se lleva un jirón de niebla prendido entre las astas poderosas. El pueblo entero hierve de impaciencia ante la próxima cacería. Pasan los monteros, muy tiesos y arrogantes, muy poseídos de su papel e importancia, escopeta al hombro, traje de pana, zahones, sombrero de ala ancha. Sosiegan las caballerías su ardor mañanero y componen la estampa plástica que se recorta contra el fondo achaparrado de la vecina cordillera. Las rehalas de perros alargan por doquier sus cuerpos menudos, nerviosos, blancos o moteados; ellos son, en definitiva, la verdad de la caza, el olisqueo furioso, la acometida, el clamor de alerta, la lucha cuerpo a cuerpo. Ellos son el rastro milenario de una antigua necesidad, hecha deporte, que se desarrolla, por azar —o cualquiera sabe—, junto a los restos de una vieja cultura, ya olvidada.

—Mal lo van a pasar hoy los jabalines en el monte —surge el comentario de un grupo.

—A ver si se ponen a tiro las reses —se escucha por otro lado.

A la madrugada, a pie, salieron hacia la sierra los cuquilleros, los cazadores furtivos que se sitúan fuera del límite de la mancha (que así se le denomina a la franja de terreno acotada para la montería) y aun algunos de ellos habrán maldormido entre los riscos, dispuestos a ocupar las mejores posiciones.

—Mira las jaurías —le dice un vejete a otro— qué ansias tién los condenaos perros de echarse al monte.

En un camión los suben a todos, a golpe de puño si es preciso, mientras se llena de ladridos la mañana opaca, y allá que van todos juntos, hombres y perros, confundidos en la más gloriosa y democrática intimidad.

— ¿Qué tal se ha dormío?

Curro, despojado de su uniforme, se sitúa a un lado del caminante. Su presencia rompe la pasividad del grupo de curiosos.

—Bien, Curro, muchas gracias.

—Ya le he apañao lo de la Peña Escrita. Mi compañero vendrá a buscarle a la taberna —se disculpa—. Yo es que tengo que ir a la montería, ¿sabe?; si no, con mucho gusto...

Los automóviles inician el desfile. En los atuendos deportivos de los cazadores, sin discriminación de sexo, predomina el ante; ah, y también el sombrerito de la pluma tiesa. Algunos modelos huelen a escaparate reciente, como, por ejemplo, el de Cecilia, que ronda por las proximidades del caminante informándose del tiempo.

—Diga, buen hombre, ¿usted cree que lloverá?

—Pues..., ayer cayó agua a ratos... El parte dijo anoche que...

Andrés, con la tarjeta en la mano, interroga a Curro acerca del puesto que le ha correspondido.

—No es malo, no... En Valderrepiso..., según sople el viento...

Los hombres del campo jamás niegan ni afirman; no quieren comprometerse. El caminante no desearla extender aquí su índice acusador, pero supone (o le da en la nariz, que para el caso es lo mismo) que esta es la manifestación de una raza oprimida, obligada a enmudecer durante cientos de años, constreñida a no opinar, siquiera en los casos fútiles, y escarmentada dolorosamente en sus propias y maltrechas carnes; por eso, la tal costumbre, rebotada de generación en generación, es hoy filosofía cazurra, un decir y no decir, expresión maliciosa entre medias palabras... Un asco, de verdad.

El caminante, cuando hubieron partido los cazadores, se subió hasta lo más alto del pueblo, allá donde el asfalto pierde vigor y es menester amarrarse a los guijos del suelo para no dar un tropezón y caer rodando, monte abajo, hasta dar con los huesos en las heladas aguas del río Yeguas, ya en el valle. Luego, cuando calculó que era próxima la hora de encontrarse con el guardia, regresó a la taberna. Se entretuvo primero como simple espectador de la discusión entre un gitano y un payo, caviló después a solas y cuando más absorto estaba, sintió que le tocaban en el hombro.

— ¿Usté es el forastero que tiene empeño en ir a la Peña Escrita? Pues, yo soy Benito, el compañero de Curro. En cuanto quiera...

En Fuencaliente hay casas que tienen varios pisos, pero la construcción es anárquica, sin fisonomía propia, aunque ésto bien se comprende en un lugar que cabalga a lomos de Sierra Morena y tanto puede desmontar hacia el lado de Castilla como al de Andalucía. Ocurre igual con los hombres, menudos, vivarachos, magros de cuerpo y rostro alargado, fantasiosos, presumiendo de estilo y de compás, que por algo aparecen aquí la bota campera y el sombrero ancho —preludio de estampa andaluza— y es que los hombres de Fuencaliente, en verdad, sólo tienen perfil.

—Vamos a mi casa a por la borriquilla —dice Benito—. Nos hará falta al pasar por el lado del río.

En la casa de Benito, limpia y de buen ver, están la madre y la suegra arrimando cazuelas a la lumbre de la chimenea.

— ¿Le gusta nuestro pueblo? —indaga la una—. Lo malo es que es muy empechao, ¿eh?

— ¿Cómo?

— Quiere decir que tiene muchas cuestas —arregla la otra— que es muy fragoso.

Benito prepara la borrica en un santiamén e invita a subir al caminante.

—No, gracias; de momento, prefiero ir andando.

— ¿Es que no ha visto nunca un burro tan cerca?

—Sí, hombre, claro que sí: !de los de dos patas!

Apenas iniciada la marcha acude la lluvia, puntual siempre, disciplinada, como dando a entender a los atrevidos excursionistas que no podrán librarse de su embarazosa compañía.

—Por ahora es poco, lo malo es si arrecia —comenta Benito—. Como el viento no deje de trabajar...

El caminante le pregunta a Benito qué tal se vive en Fuencaliente y aquél le responde que regular (entiéndase bien, entonces), que antes se trabajaba más el campo : cereales, olivos, cebada, centeno, algo de garbanzos...

—La aceituna ha estao mala estos años atrás. Muchos se han ido a Barcelona, y al extranjero, y a los infiernos, que es lo que yo me digo: que igual habrá que trabajar pa comer en toas partes. Pero el campo no da, porque ya sabe usté que los jornales son escasos y este es un terreno muy malo y muy quebrao pa meter tractores. Yo, mismamente, he tenío que dejarlo y ahí estoy, en el ayuntamiento, arrimao a un sueldo seguro. Antes me quise hacer guardia civil, pero no pude por que se me había pasao la edá. Ya ve usté, después de saberme de corrío los artículos...

El grupo abandona la carretera, tras un par de kilómetros, desviándose por un sendero de herradura que se interna monte arriba. El caminante sube aprisa, con las gotas furiosas golpeándole el rostro, sin atender a los requerimientos de Benito, quien, en vista de que el otro no monta en la burra, lo hace él.

— ¿Sabe usté que aquí subío voy arrecio? —dice al poco rato.

La tormenta terrible y despiadada, portadora del furor de los cielos embravecidos, tuvo la feliz ocurrencia de manifestar sus primeros síntomas amenazadores en el preciso instante en que los tres optimistas viajeros (contemos también a la borrica) cruzaban por delante de una casita de campo, la única hasta entonces, que ofrecía el oportuno cobijo de su techo.

— ¿Le parece que nos refugiemos un poco o seguimos?

—La duda ofende, amigo. ¡ A escape hacia la casa !

No es más que una choza que consta de vivienda y establo (y tanto da una parte como la otra) en la que habitan un matrimonio joven y dos niñas. No hay más calor, ni más luz, ni más vida, que el tenue chisporroteo de los leños del hogar.

—Siéntese usté —le dicen al caminante; y le alargan una banqueta baja y dura—. De pie no se puede estar porque hace humo.

—Aquí no hay más que toser y peer —añade Benito con sonrisa pícara.

Dos horas largas, monótonas, insufribles, escuchando el bufido del viento y el golpear de la lluvia contra la tierra cada vez más reblandecida; dos horas largas de penumbra, de humareda que escuece en los ojos hasta hacer saltar las lágrimas, aguantando las tarascadas retozonas de las niñas y de una chivita negra que con ellas juega.

—Si quiere usté, la Chorrera de los Batanes está ahí, a un paso. Este, hombre le deja un impermeable y nos acercamos. La Peña Escrita ya es más difícil...

—Mire, Benito: este temporal no lleva trazas de amainar en todo el día. Lo que tenemos que procurar ahora es ver cómo nos las arreglamos para el regreso y dejarnos de chorreras, peñas y demás garambainas, que cuando al vendaval de la desdicha le da por sacudir destroza todo cuanto se opone a su avance. Los hombres, ante la adversidad, tenemos que doblarnos como la espiga, y así, al pasar el huracán, tornaremos a estar derechos.

Es muy posible que las razones del caminante no fueran entendidas y sí que su prudencia penetrara en los cerebros de aquellas gentes trastocada en temor. Algo de ello vio el caminante en las sonrisas y en las alusiones, pero le tuvo sin cuidado, porque el hombre es nave que ha de gobernarse por si sola y no a bandazos, como consecuencia de las embestidas que le propinen los demás.

—Le advierto que..., total, lo que va usté a ver... —intenta ayudar la mujer—. En la Peña Escrita no hay más que unas letras que no se entienden y no vale la pena pillar una mojadura.

Finalmente, como los estómagos apretaban lo suyo, Benito y el caminante optaron por la marcha inmediata. El bueno de Benito acomodó al caminante encima de la borrica, le cubrió las piernas con cuero y el cuerpo con una manta y llevando él las riendas emprendieron el camino de vuelta.

—Usté agárrese bien a la borrica que yo me cuido del resto. ¡Y no se me vaya a caer...!

Hasta llegar a la casa de Benito invirtieron una hora de marcha dura y fatigosa, azotados constantemente por el aguacero y zarandeados por los frecuentes empellones del vendaval. (Si bien es de rigor advertir que el caminante se mojó mucho menos de lo que debiera, porque de su cuerpo sólo asomaba, lo que se dice asomar, el bigote).

—Ahora, yo me mudo de ropa, nos calentamos al fuego y comemos los dos que bien nos lo hemos merecío.

Y el caminante, con apetito de náufrago, se zampó un par de huevos con patatas, unos choricillos fritos, las correspondientes rebanadas de pan y un cuartillo de vino tinto a porrón. Y para terminar, viéndole Benito el entusiasmo con que manejaba la cachimba, aún le hizo fumar unas pipadas de buen tabaco, de uno que le manda un primo suyo que emigré, a Alemania

Para información del lector curioso que lo ignore, ha de decirse que en la Peña Escrita existe una de las más bellas muestras del arte rupestre hispano. La Peña Escrita es un abrigo natural entre pizarras verticales, en la falda de Sierra Dornilleros, a unos mil metros de altitud. Sus pinturas, en rojo sobre la piedra, magníficamente conservadas, reproducen objetos de fácil localización, fenómenos de la naturaleza y figuras esquematizadas, aparte de otros signos no identificados, que bien pueden ser los balbuceos de la escritura primitiva. También se dan estas muestras, aunque en tono menor, en la Peña Batanera, otro abrigo natural cercano a la Chorrera de los Batanes sobre el río Cereceda. La Chorrera de los Batanes es una cascada impresionante que precipita las aguas desde gran altura, un espectáculo maravilloso que suspende el ánimo y paraliza la acción. (Se comprende, por tanto, que el caminante no quisiera detenerse a contemplarlo en unas tan contrarias circunstancias: hubiese acabado en eterno monumento a engrosar la lista de la exuberante región.)

Después de airear convenientemente su mojadura, beberse un café bien cargado y un par de copas de coñac que le entonaron alma y cuerpo al alimón, aguardó el caminante la venida de los cazadores, sentado al calorcillo de una de las mesas de la taberna (porque debajo de cada una de éstas hay un brasero), atento a veces a la charla del mostrador y en otras a las incidencias de la partida de tute que se ventilaba a su vera.

—Me he mojao tanto —explica al llegar uno de los monteros— que voy a estar una semana meando sólo lluvia.

—Y qué, ¿se ha tirao mucho? —le preguntan.

—Tirar, sí, que ya sabéis que los señoritos no se quean contentos si no agotan el cargador, pero de matar..., de eso poco.

— ¿Han caío muchos?

—Poco, poco... Unos venaos y dos o tres marranos. ¡Es que no se podía, hombre!

Todos los cazadores se expresan en parecidos términos y, al final, desorbitan tanto la verdad, que llegarían a convencer a los oyentes de que el diluvio ha sido bíblico.

— !Lástima de día, y con lo buena que estaba la mancha! Yo me vi un guarro cerca de mí y me eché la escopeta a la cara, pero, ¡ni apuntar!

—Ese es uno que han cogío los perros.

Entra Curro y se sienta en silencio junto al caminante. Al cabo de un rato, le dice:

—Yo ya no estoy pa estos trotes, ¿sabe usté? Yo, antes, me pasaba el día entero por los montes tronchando jaras, porque no sé si sabrá usté que yo he sío cabrero y me conozco estos andurriales como la palma la mano, pero..., ¡que no! Cuando me jubile, en el otoño próximo, iré y le diré al alcalde: con Dios, que yo me voy. Y me iré a la sierra, a cuidar ganao, que es donde mejor se vive.

— ¿Solo?

—Solo o..., si se quiere venir la señora que venga, y si no... —recapacita al cabo de unos momentos—. Claro que, eso lo digo yo ahora, que ya veremos a ver cuando ella meta baza.

—Seguro que gana la partida, ¿eh?

—Seguro, si señor.

Al anochecer, despidióse de Curro el caminante y fue a dar una vuelta por el balneario, con objeto de ver a sus amigos, Cecilia y Andrés, a los cuales hallé entre otras varias parejas, muy contentos todos y olvidados por completo de los avatares de la jornada.

— ¿Ha ido usted a la Peña Escrita?

—Sí, sí, y me ha encantado.

Le parecía impropio al caminante relatar su desventura ante aquellos seres tan dichosos, tenía la certeza de que tampoco ellos le iban a entender, de modo que, tras alabar la nueva vestimenta de Cecilia (a la que la lluvia, en vez de fastidiar, había dado ocasión de mudanza) y concretar con Andrés la hora de la partida, determiné salir del balneario, rumbo a la desconocida negrura de las calles.

— ¡ No deje de estar listo a las nueve en punto!

Y a las nueve en punto de la mañana del siguiente día estaba el caminante a la puerta del balneario, no listo, sino tonto, porque a las diez en punto salía Andrés y a las once en punto, luego de la aparición de una Cecilia lozana, bien-humorada y olorosa, con inequívocas señales de haber dormido a pierna suelta, abandonaban Fuencaliente en medio de la curiosidad del vecindario.

—Aquí fue donde ayer nos tocó aguantar el chaparrón —comenta Cecilia al cruzar el puerto de Valderrepiso.

—Según me informó mi amigo Curro —contesta el caminante—, en el mismo valle de Navalquejigo, situado entre las sierras Madrona y Quintana y al que corta el río Montoro de Poniente a Saliente.

Desde lo alto del puerto de Niefia ofrece el valle de Alcudia la serena majestuosidad de un océano en calma. Porque el valle entero es un inmenso mar de verdes pastos, sacudido a trechos por el oleaje de los encinares y rizado por la espuma blanca de los c~iseríos. A este lugar, que ocupa una extensión aproximada de mil cuatrocientos kilómetros cuadrados, acuden todos los años más de trescientas mil cabezas de ganado lanar y trashumante, desplazadas de las tierras altas de Asturias y la Vieja Castilla.

Varios pueblos se asientan en el valle o en sus inmediaciones y son, en la zona que nos ocupa, la septentrional, aparte de los ya mencionados de Cabezarrubias, Hinojosas, Brazatortas y la estación de Veredas, los de Solana del Pino, Mestanza, El Hoyo, La Nava, El Tamaral y los poblados mineros de Diógenes y Las Tiñosas. Hacia la otra parte, más despoblada, destacan los de Almadenejos, Alamillo y La Bienvenida. Numerosos cortijos, o quinterías —que de ambas maneras suelen llamarse—, comparten el resto junto a los chozos de pastor y los amplios pastizales.

No lejos de la carretera que siguen los viajeros —a la izquierda, según se va hacia Almodóvar— están las ventas dc la Divina Pastora y de la Inés, las cuales ventas, situadas en otro tiempo en cl antiguo Camino Real de la Plata, parecen corresponder con las del Molinillo y del Alcalde, respectivamente, utilizadas la una y la otra por Cervantes para sus fines literarios: la primera, como seguro emplazamiento de la acción de Rinconetc y Cortadillo, y la segunda, como posible acomodo de gran parte de los sucedidos que se relatan en la primera mitad del Quijote. Lo que no pudo averiguar el caminante, ni en su paso por el valle de Alcudia ni durante su estancia en Sierra Morena, fue la perfecta localización del Val de las Estacas y la fuente del Alcornoque, también cervantinos, si bien piensa que otra vez será y que para entonces irán mejor orientadas sus pesquisas.

El valle real de la Alcudia, donado entre otras recompensas por Fernando III el Santo a la Orden de Calatrava, pasó por los ya sabidos azares históricos de todos estos bienes, hasta incrementar con su valía el tesoro regio. Sin embargo, merced a otras circunstancias, también históricas, aunque de muy diferente condición, llegó a pertenecer a la propiedad privada de un valido (que es uno para el que todo es válido), y así, Manuel Godoy, pomposamente designado Príncipe de la Paz, fue asimismo nombrado duque de Alcudia y se erigió en señor del valle, (que de este modo pagaron algunos monarcas al hombre ilustre que supo sustituirles..., en el gobierno), aun cuando el tal período de potestad duró muy poco, porque Femando VII (ese al que se las ponían tan estupendamente), al acabar la guerra de la Independencia, devolvió las cosas a su primitivo ser. Y unos años más adelante, hacia mediados del pasado siglo, sobrevino la total desmembración del valle, siendo repartidas sus tierras entre diversos propietarios, y este sistema ha perdurado hasta nuestros días.

— ¡Mirad cómo llueve por allí! —exclama Cecilia, y señala con la mano hacia el frente.

— ¡Pues, estamos aviados! —se sulfura Andrés—. Está cayendo encima de Puertollano, de forma que no nos vamos a librar.

Algunos rebaños pastan con mansedumbre cerca de la carretera. A los pastores, embutidos en los impermeables y con los gorros calados, apenas se les ve una mínima parte del rostro.

— ¡Pobre gente! —se duele Cecilia—. Aunque ellos están muy acostumbrados, ¿no? Si se vienen andando desde el norte hasta aquí...

—Ya no tanto como antes; ahora se transporta el ganado en ferrocarril y la trashumancia, en su auténtico significado, ha caído en desuso.

Rueda a gran velocidad el automóvil, en dirección a Almodóvar del Campo, y, delante, a pocos metros, brota de la misma carretera el chorro multicolor del arco iris, que asciende vertical, para luego, lentamente, caer hacia el otro lado, por encima de los pastizales y de los campos de labranza.

José Antonio Vizcaíno: "Caminos de la Mancha"