volver

SIERRA MORENA / LA CABRA MONTÉS

"El turista que viaja por tren en Andalucía y observa desde la ventanilla de su vagón las laderas cubiertas de olivos, de aspecto poco abrupto en su conjunto, de Sierra Morena, no se hará una idea adecuada, ni mucho menos romántica, de esta gran cordillera de la que se ve sólo el borde meridional. Pero, de hecho, el tren le hace pasar apresuradamente a pocas leguas quizás de la zona de más estupenda caza mayor de España, lugar de montañas solitarias y con un sinfín de depresiones llenas de maleza, en donde se ocultan fieros lobos y jabalíes gigantes, junto con una de las castas más importantes de ciervo común que aun quedan en Europa.

En verdad, a Sierra Morena le faltan tanto los grandes picos como las estupendas alineaciones que caracterizan a todas las demás sierras españolas, desde Sierra Nevada y Gredos hasta los Pirineos. Consiste mas bien en un cúmulo de sierras yuxtapuestas de no mucha altura, aunque ramificadas hasta lo infinito, faltándole (salvo sólo en dos puntos) ese aspecto atrevido que resulta tan atractivo a la vista. Si todas las montañas españolas tuvieran el mismo perfil de Sierra Morena, el término "sierra" no podría aplicárseles. Es, además, un sistema montañoso de una sola vertiente, una especie de fortaleza, bordeada en su lado norte por las tierras meseteñas de La Mancha, pareciéndose en ésto al muy conocido Drakensberg del Transvaal.La Sierra Morena, típica pero genuina, separa a lo largo de mas de 300 millas las tierras bajas y soleadas de Andalucía de las desiertas y más frías tierras altas de La Mancha, al norte. Y en anchura (si incluyéramos los contiguos Montes de Toledo), este sistema montañoso se extiende poco menos de 150 millas. Como sistema montañoso en su conjunto, la Sierra Morena cubre un espacio igual a la totalidad de la Inglaterra al sur del Támesis, con una estribación central en el norte que comprendería todos los Midland Counties hasta llegar incluso a Nottingham.

[En cualquier estudio de Sierra Morena, es apropiado incluir los adyacentes Montes de Toledo. Como ya se ha afirmado, forman una prolongación en forma de pirámide al norte de Sierra Morena, en la que apoya su vértice, ofreciendo características idénticas, tanto en lo físico como en lo faunístico, a pesar de su menor elevación general. Resumiendo, los Montes de Toledo son un cúmulo intrincado de bajas colinas —más que montañas, en realidad— redondeadas, unidas al norte de Sierra Morena, cubiertas de monte bajo y habitadas por las mismas bestias salvajes. Los venados toledanos muestran el mismo desarrollo magnífico de la cornamenta, y hay señales de una migración estacional entre ambas zonas contiguas, sólo separadas por el valle del Guadiana. A menudo se encuentra que la escasez en un área es compensada por un aumento correspondiente en la otra. El corzo es mas abundante en las montañas de menor altitud, pero la única distinción verdaderamente clara en cuanto a la fauna está en la presencia del gamo en los Montes de Toledo, siendo estos animales completamente desconocidos en Sierra Morena]

Pero, ¿podemos divagar sobre un tema afín? Sierra Nevada, aunque tan cercana (en un extremo, los dos sistemas montañosos sólo están separados por un estrecho corredor llamado Los Llanos de Jaén), presenta, con todo, fenómenos naturales completamente distintos. Hay lugares en Sierra Morena —por ejemplo, las alturas que se elevan sobre Despeñaperros— desde donde pueden observarse los dos sistemas a la vez. Detrás de usted, al norte, se alejan como olas, alineación tras alineación, los contornos infinitos y redondeados de Sierra Morena, colosales, a pesar de no ser nunca abruptos. Delante, al sur —aparentemente a un tiro de piedra— se alzan los estupendos picos nevados de Sierra Nevada, pináculos aserrados que taladran los cielos hasta casi los 12.000 pies.

Estos picos pueden parecer a un tiro de piedra, o a una tranquila cabalgada de un día, aunque esto es una ilusión óptica. Pero, tan estrecha como es, esta brecha de Jaén divide dos regiones montañosas, completamente distintas en todas sus características, tanto desde el punto de vista de su formación en épocas remotas, como en los paisajes que presentan hoy día. Las distinciones faunísticas son también claras. En Sierra Nevada no se encuentran ni cérvidos de ninguna clase (ciervos, corzos, gamos) ni jabalí, aunque constituye un hogar selecto de ibex y quebrantahuesos, cuya ausencia es bien clara en Sierra Morena, salvo la colonia aislada de monteses de Fuen-Caliente.

Aunque Sierra Morena se caracteriza por su aspecto masivo más que abrupto, encontramos un par de crestones de roca desnuda de aspecto majestuoso. Tal es el caso, por ejemplo, de Despeñaperros, a través de cuyos desfiladeros pasa el ferrocarril andaluz casi subterráneamente. El mismo nombre de Despeñaperros significa en este idioma español, tan flexible, nada menos que sus rocas amenazan con llevar a la muerte y la destrucción a los perros que se aventuran por allí.

Otra interpretación sugiere que en tiempos antiguos, tales bromas gastaban los moros, no eran perros, sino cristianos (ya que para un moro ambos términos eran sinónimos) los que eran arrojados para darles muerte desde los riscos de Despeñaperros.

Estas formaciones rocosas son soberbiamente abruptas. Grandes peñascos separados, masivos, marmóreos y recubiertos de musgo, se elevan verticalmente en ásperas laderas, y grandes monolitos sobresalen, cada uno con un perfil rectilíneo tan preciso que uno se pregunta si son obra verdaderamente de la naturaleza o fortalezas de fábula del tiempo de los godos o de los moros. A pesar de su sorprendente perfil, con todo, sus peñascos y precipicios están demasiado dispersos y separados entre sí (con intervalos intermedios practicables) para atraer, a un amante de la montaña como el ibex, y ninguna montés ha ocupado nunca las gargantas de Despeñaperros.

Una zona igualmente abrupta, aunque más extensa y continua, se encuentra cerca de Fuen-Caliente, y tiene por nombre Sierra Quintana. Esta sierra, a pesar de que sus elevaciones sobrepasan escasamente los 7.000 pies, forma el único punto de Sierra Morena en el que la cabra hispánica pone aún los pies.

Allí, en 1901, el autor sufrió una de esas malas experiencias que de vez en cuando acontecen a aquellos que buscan cazaderos en los rincones más agrestes del mundo. Fue a mediados de febrero cuando, forzados por lo extremoso del tiempo, nos vimos obligados a buscar refugio en la aldea de Fuen-Caliente, colgada a 5.700 pies de una ladera de la sierra, del mismo modo que los aviones roqueros fijan sus nidos en las paredes rocosas. Fuen-Caliente data de los tiempos romanos. Fuentes termales, como indica su nombre, nacen aquí de las rocas hendidas, y los baños de piedra, no construidos por manos modernas, son testigos de empresas pasadas. Hoy en día, según se nos dijo, los baños de Fuen-Caliente atraen visitantes veraniegos; confiamos en la mejoría de su salud aquí. Seguramente es necesaria alguna compensación para equilibrar los peligros de la estancia en esta desaliñada aguilera. Lo escribimos de corazón, incluso después de todos estos años, y después de sufrir tribulaciones de todo tipo en un paraje tan rudo. Fuen-Caliente es dura de recorrer.

Teniendo tiendas y un equipo de campaña completo, pensábamos vivir independientes de la posada del pueblo. Una noche, sin embargo, mientras escalábamos la pendiente que conduce a lo más alto de la sierra, nos sobrevino un vendaval de levante, con tormentas de nieve que ni siquiera una mula podría soportar. No podíamos hacer otra cosa que buscar refugio en la aldea de abajo. Mi dormitorio medía doce pies por cuatro, con una puerta en cada extremo. A la puerta, propiamente dicha, se llegaba por una escalera vertical; la segunda, podría quizás considerarse como ventana, pero en realidad sólo se distinguía de la anterior por su tamaño menor, ambas construidas de madera sólida. Por otro lado, cuando dejaba la ventana abierta, la nieve se arremolinaba en la habitación como en la sierra misma; si la cerraba, vivíamos en una oscuridad escasamente aliviada por una vacilante mariposa, que es una mecha de algodón flotando en un cuenco de aceite de oliva. Bajo tales condiciones, y otros horrores sin nombre, pasamos tres días con sus noches, mientras el temporal soplaba y la nieve se arremolinaba alrededor incesantemente.

A la mañana siguiente, el viento disminuyó, y la nieve dio paso a una fina lluvia. Estos levantes duran habitualmente entre tres y nueve días; por esto, pensando que éste ya había pasado, empaquetamos el equipo y salimos para buscar de nuevo al ibex. Caraballo, con su acostumbrada previsión, compró unos cuantos pollos vivos, que colgó por las patas del serón de la mula posterior. En la limitada área de Quintana, el ibex ofrece la mejor oportunidad para el rececho.

Las mulas son estupendos animales de montaña. Los lugares que el animal superó aquel día no pueden ni creerse. Dos burros que pertenecían a dos cazadores locales, Abad y Brígido, que nos acompañaban, pronto se atascaron y tuvimos que dejarlos atrás. A las tres, nosotros, con mula y todo, alcanzamos la zona de más altura de Quintana, y acampamos a pocos centenares de pies de sus riscos más elevados. Montar una tienda entre rocas nunca es fácil; especialmente cuando las piquetas de hierro no encuentran agarre, y los vientos tienen que sujetarse, lo más seguramente que se pueda, a cualquier saliente.

Apenas se había puesto el sol cuando el levante volvió a apretar otra vez con redoblada energía. Sopló toda la noche a través de la garganta estrecha y alrededor de sus minaretes de roca en forma de pináculo, con el resultado de que a las once de la noche los vientos, deficientemente asegurados, se soltaron y nuestra tienda se vino abajo con un crujido. Tardamos dos horas (bajo el diluvio) en remediarlo; y cuando rompió el día una neblina helada envolvió la sierra, impidiendo ver nada más allá de unas cuantas yardas. El frío era intenso, y la pequeña pileta que habíamos ingeniado la noche anterior estaba completamente helada. La niebla continuó todo el día y el siguiente. No podíamos hacer nada, aunque persistimos en nuestras salidas diarias, como por deber, para dar una vuelta de unas cuantas horas entre los riscos. ¡Cómo rezábamos para que abriera un claro de al menos una hora y de este modo poder ver aquel glorioso panorama que buscábamos! Al crepúsculo de la segunda noche cayó una fuerte nevada y después una tormenta, que se sumo a nuestras alegrías. Los frecuentes y vívidos centelleos de los relámpagos iluminaban la oscuridad, provocando que los pollos supervivientes (que habíamos atado dentro de la tienda por caridad) piaran tan incesantemente que dormir era imposible. En esos momentos notamos una brusca bajada de temperatura: los hombres habían traído un cubo de campamento lleno de hielo que se proponían derretir en la pequeña fogata que ardía dentro de la tienda. Pero esto era excesivo, aún cuando significara "nada de café para el desayuno".

Como continuaban la helada y la niebla, la tercera mañana, los hombres propusieron que nos trasladásemos más abajo, a la colina, a un cortijo que conocían para esperar allí un tiempo más apacible. Pero para entonces el frío ya había entrado hondo en mi pecho y mi garganta, que sentía ásperos e inflamados, dejando al autor casi sin voz. Por todo esto, decidimos abandonar toda la empresa y levantamos el campamento, todavía envueltos en el manto opaco de la impetuosa cellisca.

Cruzando la sierra superior de la cresta, entre riscos de los que sólo eran visibles las bases, descendimos por la vertiente sur; aquí organizamos una "batida" entre las malezas que cubrían las laderas mas bajas. Los jaleadores nos informaron de que habían visto dos linces y tres cabritos. Sólo uno de estos últimos, sin embargo, entró a la escopeta, y resultó ser una marrana, la mitad más grande que cualquier jabalí que hubiéramos visto por entonces en España. Lamentamos no tener ningún medio de pesar esta bestia, que estimamos podía ascender muy bien a más de 200 libras netas. Una destacable cuerna mudada recogida en este lugar tenía cuatro puntas en la estaca, así como cuatro en la corona, con 34 1/8 pulgadas de largo y 5 3/4 de circunferencia de base.

Los "refugios" de la cabra montés en Sierra Quintana se encuentran entre algunos peñascos bastante grandes que forman las caras este y sur de la sierra. La tirada en este momento no obtuvo recompensa; debido a que aquí los montañeses nunca habían dejado en paz a las cabras monteses, ya que todos llevaban escopetas y las usaban en cualquier momento que hubiera oportunidad. El resultado era que los pocos ibex supervivientes se habían vuelto estrictamente nocturnos en sus hábitos, pasando el día entero en las cuevas y grietas de las paredes de aquellos precipicios verticales y desnudos. Algunos de sus encames eran absolutamente inaccesibles para cualquier criatura no dotada de alas. Una cueva, a pesar de que no ofrecía modo de alcanzarse, estaba situada sólo a unos ocho o diez pies sobre un reborde en la pared vertical de la roca. Una mañana al amanecer, las monteses, habiendo sido vistas al entrar en ella, impulsó repentinamente a un par de entecos cabreros a alcanzarlas desde la repisa de debajo, subiéndose uno de ellos a los hombros del otro, que estaba de pie en este estrecho anaquel. En su premura por escapar, el primer ibex rompió aquel precario equilibrio, y el pobre chico se precipitó hacia abajo, dando tumbos entre las rocas del abismo.

Al cabalgar de vuelta a casa a través de inhóspitas colinas cubiertas de arbustos, hacia el ferrocarril (a unas cuarenta millas de distancia), pasamos una noche en el pueblo llamado, con una inconsciente ironía, Cardeña Real. En las primeras horas de la mañana tuvo lugar otra terrorífica perturbación —alaridos, chillidos, ladridos— y todos los perros se volvieron locos. La noche estaba oscura como boca de lobo, y la lluvia caía a torrentes; a la mañana siguiente vimos que una manada de lobos había sacado a los cerdos de nuestro patrón de su zahurda, a menos de quince yardas de distancia. Ciertamente, tres cochinos mutilados estaban apilados contra la pared de nuestra cabaña.

La posibilidad de que nosotros acabásemos peor que estos cerdos no se nos había ocurrido con anterioridad. Con esto terminó, en un ciclo de catástrofes, nuestro primer enfrentamiento con la capra hispánica en Sierra Morena; pero este fallo inicial sólo sirvió para estimular posteriores esfuerzos. Por otra parte, el invierno no es estación para acampar en estas altas sierras. Mayo es más favorable, aunque el mejor momento es a comienzos de otoño.

En esta época (1901) los ibex supervivientes habían disminuido a un mero puñado. Afortunadamente, aquí como en otras partes de España, se despertó durante los siguientes cinco años el tardío interés de los terratenientes españoles por salvarlos. El propietario de las sierras antes mencionadas (el Marqués del Mérito) nos favoreció con los últimos detalles tanto respecto a la montés como sobre otras bestias salvajes de este lugar:

La cabra montés (nos escribe) es la pieza más difícil de cazar de todas, lo que queda probado por el hecho de que en las tierras que poseo en Sierra Quintana (aunque hasta años recientes no estuvieran protegidas y en la cercanía de un pueblo donde cada hombre era un cazador) los cazadores locales no han tenido éxito en exterminar la especie. Sus medios de defensa, además de su olfato y vista agudos, consisten principalmente en las inaccesibles cuevas naturales de estas montañas, en las que los ibex buscan refugio invariablemente, en el momento en que se dan cuenta de que los persiguen. En estas cuevas las cabras hispánicas acostumbran a pasar el día entero, sin salir nunca a alimentarse, salvo durante la noche.

Hoy en día (desde que la caza libre ha terminado) empiezan a mostrarse un poco durante el día, y demuestran también de otros modos la confianza recuperada. A pesar de todo no muestran la más ligera inclinación a abandonar su vieja tendencia a trasladarse, inmediatamente a la aparición de peligro, hacia los vastos precipicios y riscos que se encuentran hacia el este de la sierra, cuyos albergues les ofrecen una seguridad casi completa. El método más efectivo para conseguir una pieza hoy día, es, como ustedes saben, al rececho. Porque este animal, cuando se ve repentinamente sorprendido por un ser humano, se asusta menos que el ciervo o cualquier otra pieza de caza, y habitualmente deja tiempo bastante para poder apuntar cuidadosamente. Ciertamente, parece alarmarse más, cuando ha perdido al intruso de vista.

La época de celo tiene lugar en noviembre y diciembre, y los chivos, normalmente en número de uno o dos, nacen en mayo, al igual que en las cabras domesticas. Un terrible enemigo de éstos es el águila real, ya que su nacimiento coincide con el período en que estas aves rapaces deben alimentar a sus propias crías, y se vuelven más agresivas que nunca. Para reducir el daño que hacen, pago ahora a los guardas una recompensa por cada águila que matan, y esta última primavera cogí yo mismo un nido que contenía un aguilucho, habiendo matado a sus padres.

No puedo anotar con precisión la dimensión de sus cuernos, pero se mató aquí un ibex (que se llevó Barrasona a Córdoba) que media 85 centímetros de longitud (33 1/2 pulgadas). Del último, cazado por Lord Hindlip, tal como se ve en la foto que les envío, la longitud de los cuernos era de 68 centímetros (26 3/4 pulgadas).

Las dimensiones de la mejor cabeza de montés obtenida por nosotros en esta sierra fueron: longitud, 28 pulgadas; circunferencia de base, 8 1/4 pulgadas.

LOBOS

Estos animales, que hacen un daño increíble a la caza, son muy abundantes en Sierra Morena, aunque raramente cobrados en las monterías. Ello no se debe a que el lobo sea particularmente astuto, sino simplemente, porque mientras esperan al ciervo, los deportistas habitualmente se pegan mucho al suelo, ofreciendo la oportunidad a los lobos de que pasen desapercibidos; mientras que, por otra parte, cuando sólo se aguardan jabalíes, y por esto los cazadores se ocultan menos, el lobo puede detectar el peligro antes de llegar a alcance de tiro. En mayo y junio las lobas tienen a sus crías; pero es difícil encontrarlas, ya que en esta época se trasladan a zonas más apartadas de las querencias frecuentadas en tiempos normales. Con todo, hay un método para descubrirlos que conocen los montañeses como el oteo, o el vigilarles por la noche, anotando precisamente el lugar donde cada loba aúlla. Si a la mañana siguiente el aullido se repite en el mismo sitio, es prácticamente seguro que tendrá su cría en las cercanías inmediatas.

Al amanecer los cazadores procederán a examinar cada arbusto y caña en el punto marcado, que invariablemente consiste o en un matorral espeso o en rocas fracturadas. A todo alrededor del cubil en cien yardas, el terreno está marcado con huellas y arañazos, que habitualmente llevan a su descubrimiento; pero si no se les encontrara ese día, es completamente inútil buscarlos ahí el siguiente, puesto que desde el momento que una loba percibe que se busca a sus cachorros, los traslada lejos con presteza. Se usa extensivamente la estricnina para exterminar lobos, dando resultados positivos . Al mismo tiempo es siempre mejor complementar su uso con la búsqueda, acompañados de hombres que conozcan el terreno, de los lobeznos en la estación apropiada. La foto frente a la página 172 muestra un viejo y magnifico perro lobo que pesó 93 libras muerto, que obtuvimos en Sierra Morena, cerca de Córdoba, en marzo de 1909.

LINCE O GATO CERVAL

Este animal cría en abril y mayo, y su número de crías es generalmente de dos. Las crías capturadas en su mayoría mueren en el momento en que cambian la dieta de leche a comida sólida, y uno puede imaginarse que ocurrirá lo mismo en el caso de los linces en estado salvaje, ya que de otra manera es difícil explicar por qué un animal, cuyo único enemigo es el hombre, sea tan escaso. Su comida consiste en perdices, conejos y otra caza menor.

CIERVO COMÚN

En el caso del ciervo de estas montañas, como en cualquier otro lugar de España, el celo depende del otoño, estación que puede ser más temprana o más tardía; pero el celo siempre tiene lugar entre mediados de septiembre y mediados de octubre. Los cervatillos nacen a final de mayo y comienzos de junio, y maman de sus madres hasta el siguiente otoño. El desmogue, junto con el cambio de pelaje, varían en fecha, dependiendo del estado de salud de cada individuo. Ocurre generalmente en mayo pero en animales muy robustos hemos vistos casos en abril, y en los varetos, o venados de un año, en marzo. El desarrollo de la nueva cuerna es completo a finales de julio, y en agosto se les cae el terciopelo. Los cuernos al principio, son de color hueso, pero se oscurecen gradualmente, dependiendo el color final de la naturaleza del matorral frecuentado, encontrándose los mas oscuros en aquellos venados que habitan en jarales.

Aunque se cree corrientemente entre la gente del pueblo que la edad de un venado puede determinarse por el número de sus puntas, esto es incorrecto, ya que el desarrollo de la cuerna depende solamente de la robustez del animal. Frecuentemente ocurre que un venado lleva menos puntas de las que tuvo el año anterior. Cuando las ciervas están a punto de parir se aíslan, buscando los lugares donde el matorral es menos espeso, dejando el cervatillo oculto en cualquier arbusto. Los hábitos de una cierva cuando da a su retoño las primeras lecciones en las artes del camuflaje y la prudencia son interesantes de observar. Poco después del alba la madre repentinamente pone en práctica una serie de saltos salvajes y convulsos, brincando sobre la maleza como si estuviera en presencia de un peligro visible, alarmando al joven para enseñarle a buscar cubierta por sí mismo. Esto se repite a intervalos hasta que el cervatillo ha aprendido a encamarse, y entonces la cierva hará lo mismo, a la vista, aunque a alguna distancia. Sólo deja que su progenie la acompañe cuando han adquirido suficiente fuerza y agilidad para que la sigan, cosa que ocurre unos veinte o treinta días después del nacimiento.

Cuando se descubre el rastro de una cierva aislada en la temporada de cría, se la puede seguir al lugar donde amamanta a sus crías. Pero tan pronto como uno observe las huellas de estos saltos espasmódicos con los que enseña a su cría el sentido del peligro (como arriba se ha descrito), uno debe empezar a examinar pausadamente cada matorral circundante. Se podrá encontrar en cualquiera de ellos al cervatillo, enroscado en el suelo sin encame alguno, y con el morro descansando en su flanco . Ofrecerá al principio alguna ligera resistencia, pero una vez capturado, puede dejársele libre con la seguridad de que no hará intento de escapar.

Los únicos enemigos que los venados adultos tienen que temer son los hombres y los lobos, aunque principalmente los últimos, puesto que ellos no sólo destruyen en esta sierra grandes cantidades de cervatillos recién nacidos, sino que, peor aún, cuando una manada de lobos ha probado la carne de venado comienza habitualmente a cazar, tanto ciervas como ciervos jóvenes a los que siguen con persistencia, día tras día hasta que quedan absolutamente exhaustos. Entonces los empujan, teniendo lugar la escena final normalmente en cualquier profunda cañada o arroyo de montaña. Los cervatillos de ciervo común, como ocurre con los chivos de la cabra montés, son también presa de las águilas reales.

LA CAZA DEL CIERVO

En lo que respecta al deporte, los mejores resultados sólo pueden conseguirse en las monterías, suponiendo que la zona esté espesamente recubierta de vegetación y generalmente elevada. Hay también un sistema de caza en la "berrea", pero éste no es seguro, debido a la velocidad de los movimientos del venado, la espesa maleza, y el riesgo de que tome el viento. Los rastreadores de mucha práctica tienen la costumbre de cazar a la greña, que consiste en observar al ciervo al amanecer, seleccionando un buen ejemplar y después siguiendo su rastro hasta el mediodía (hora en la que el ciervo, disfruta su siesta, resultando fácil acercarse a él) y tirándole cuando salta de su cama, al arrancar. Un venado realmente grande casi siempre se encuentra solo, o si tuviera un acompañante, el segundo también será un animal de gran tamaño. Estos venados nunca van con las hembras, salvo en la época de celo, en otoño. El sistema de la montería se describe con detalle en el siguiente capítulo.

EL CIERVO Y EL JABALÍ

El ciervo de montaña de Sierra Morena es el más grande de su especie en España y podrá compararse favorablemente con cualquier ciervo realmente salvaje de Europa . Los dibujos, fotografías y medidas dadas en este capítulo así lo prueban, aunque ningún número ofrecerá una idea adecuada de estos magníficos animales tal como se les ve en todo su esplendor vital saltando con brincos desiguales sobre cualquier paso rocoso, o al coger una dirección deliberada tras alpear una pendiente. Macizo como es su cuerpo (pesando unas 300 libras netas), aun así su gigantesca cuerna parece casi desproporcionada en longitud y estructura.

Al estar toda la sierra cubierta de matorral y maleza, más espesa en algunos lugares, pero con rasos dispersos, la caza queda prácticamente limitada a la "batida" a gran escala, llamada en español montería. Antes de describir dos o tres de nuestras experiencias típicas en esta sierra, intentaremos hacer un esbozo del sistema de la montería tal como se practica a través de toda España..

Siendo el área de operaciones inmensa y cubierta de vegetación casi continua, es costumbre emplear dos o tres rehalas o recobas separadas, contando en total unos setenta u ochenta perros. Las demás rehalas —además de las que pertenecen al anfitrión— las traen los cazadores invitados y cada una tiene su propio perrero, al que seguirán o reconocerán sólo sus perros . Los perreros (no los jaleadores) van montados, y cada uno lleva un trabuco y una caracola, o cuerno de caza formado por una gran caracola de mar. Las patas delanteras de los caballos, cuando es necesario —especialmente en Extremadura— van envueltas enfundas de cuero para protegerse de las terribles púas y espinas de los cistus quemados que pinchan y cortan como cuchillos. Los mejores perros son los podencos de las castas de mayor tamaño, y también los cruces de podencos y mastín, y de mastín y alano, raza de bulldogs de pelo hirsuto muy usados en Extremadura para el "agarre" del jabalí.

Los perreros con sus rehalas, y los jaleadores habitualmente comienzan con el alba, y a veces mucho antes, dependiendo de la distancia que tengan que atravesar hasta sus lugares, que puede ser de diez o doce millas. Hasta llegar al lugar de partida, los perros van acollarados en parejas y entonces se les pone un collar individual con un cencerro y estando la alineación completa —cada rehala en el lugar designado— a una hora acordada empieza la batida.

En cada ocasión en que una pieza es levantada se dispara un tiro de fogueo para animarles, y los ruidos de los jaleadores suenan detrás de ellos en millas alrededor. Si el animal sigue una dirección recta hacia adelante (la deseada), los perros son llamados con rapidez por las caracolas antes mencionadas, y la batida entonces es rehecha y reanudada.

Mientras tanto —lejos, en los puestos preestablecidos a distancia— la armada ha ocupado ya sus posiciones adjudicadas, las escopetas muy a menudo dispuestas a lo largo de la cuerda, en la cresta de alguna elevación prominente, a veces desplegada en un estrecho paso de valle que hay más abajo. Si el número de tiradores fuera insuficiente para llenar la línea completa, es eficaz a veces el recurso de colocar una segunda línea de escopetas (llamada traversa), proyectada hacia la batida, y en ángulo agudo con el centro de la primera línea.

Podría ocurrírseles a aquéllos acostumbrados a tratar con caza de montaña a gran escala, que es remota la posibilidad de mover a los animales con cierta exactitud hacia una línea de escopetas insuficiente, dispersa sobre vastas áreas. Sin duda, el número de escopetas —incluso diez o doce— es necesariamente insuficiente, pero aquí el conocimiento del lugar y la pericia de los serranos españoles (por naturaleza entre los mejores guerrilleros del mundo) es puesta efectivamente en juego. En la práctica es raro que los mejores "pasos" no estén controlados.

En las zonas más altas, el perfil está frecuentemente interrumpido con "pasos" denominados portillas, suficientemente destacados como para sugerir, incluso a un extraño con buen ojo para tales cosas, las líneas probables de huida de las piezas en movimiento. Pero los "pasos" no siempre están claros, ni todas las alineaciones ofrecen un perfil interrumpido. Por el contrario, frecuentemente presentan altas cimas que incluso a simple vista se presentan completamente uniformes. Aquí sirve de ayuda esa intuición local a la que nos referíamos antes, y si no, se echará en falta. Muchas veces una larga cresta aparentemente sin portillas puede (y a menudo es así) incluir varios pasos muy frecuentados. Un ligero disgusto puede sentirse con facilidad al darse uno cuenta de que el puesto asignado no presenta ningún signo de «ventaja» en su radio de acción, o «jurisdicción», como lo llaman los guardas españoles de forma arcaica. Podría ser después de todo —y probablemente así es— que el puesto sea el punto de convergencia de multitud de arroyos, hondonadas, y otras salidas acostumbradas, todas invisibles desde la profundidad sin visibilidad donde se encuentra uno; pero los puntos más destacados de la geografía cinegética son perfectamente conocidos por nuestro guía.

El monte bajo de Sierra Morena consiste en vastas áreas —muchos centenares de millas cuadradas— de jaral, un arbusto de hojas espinosas que crece hasta la altura de los hombros en los suelos más pedregosos. Dondequiera que un suelo ligeramente más generoso lo permite, el jaral se intercala y espesa con rododendros, escobón, mirto y cientos de plantas afines. En las laderas más ricas y zonas húmedas se apelotona una maleza enmarañada de lentisco y madroño, espino blanco y acebo, todo entretejido con la maligna zarza con la que es tan fácil engancharse, y la madreselva, junto con los brezos, la genista, los helechos gigantes, la aulaga, y una veintena de especies. Los cauces están flanqueados por adelfas , y los árboles principales son el alcornoque y la encina, el acebuche, el enebro y el aliso, además de otros de los que sólo conocemos los nombres españoles como quejigos, algarrobos, agracejos, etc.

Naturalmente, en terrenos tan escabrosos y quebrados como estas sierras, donde todas las escopetas están protegidas por alturas intermedias, disparar está permitido en cualquier dirección, tanto de frente como por detrás, e incluso a veces a lo largo de la misma armada. Una supervivencia de tiempos salvajes, cuando los jaleadores no contaban para nada, es sugerido por un refrán de la sierra:

Más vale matar a un cristiano
que no dejar ir a una res.

Unas palabras aquí en cuanto a las piezas y sus costumbres. Las guaridas de jabalí están invariablemente en la maleza más espesa y en la umbría, donde el sol nunca penetra. Hay siempre a mano, además, una salida preparada, a lo largo de algún cauce profundo, o bien por una cañada o garganta rocosa. Raramente se encuentran estos animales en terreno abierto, o de cubierta vegetal escasa. Son usualmente los más fuertes madroñales los que ellos seleccionan para sus cuarteles. Es raro que el jabalí sea «agarrado» por los perros durante una batida, y nunca los «solitarios».

El ciervo, por el contrario, evita la maleza espesa, encamándose en el matorral más ralo, e invariablemente en la solana. Aunque sus camas pueden encontrarse en terreno mas bajo, buscan siempre las alturas cuando se les acosa, y entonces eligen el camino a través de los matorrales de cistus más claros o a través de las laderas abiertas, sabiendo por instinto que aquí pueden correr más deprisa y rehuir mejor la rehala que los persigue.

Debido a la amplitud de área de cada mancha, la montería en la sierra se limita a una sola batida por día, llegando los tiradores a sus puntos a las once de la mañana, permaneciendo allí hasta bien entrada la tarde. En las llanuras, como ya se ha descrito, cuatro, cinco e incluso seis batidas son posibles algunas veces durante el día."

Abel Chapman y Walter J. Buck