FUENCALIENTE: EL MEDIO NATURAL
por Angel Gil Gahete


VEGETACIÓN

Características generales
Encinares y alcornocales

Quejigares
Robledales
Alisedas
Matorrales
Roquedos y pedrizas

Especies citadas, endemismos y especies de interés

Características generales

Junto al relieve, la cubierta vegetal es el rasgo más determinante en la apreciación de un paisaje natural, así como uno de los indicadores más significativos de los factores biofísicos presentes. La vegetación natural que cubre un territorio no es producto del azar; muy al contrario, es la consecuencia de numerosos agentes que cristalizan en un tipo de vegetación particular y que incluye factores biogeográficos, físicos (clima, suelo, topografía) y humanos. Gran parte del atractivo de Fuencaliente reside, precisamente, en su vegetación: la diversidad de factores apuntados provoca una gran variedad de comunidades vegetales, desde los encerrados valles hasta las expuestas cumbres, de las soleadas solanas a las protegidas umbrías, de los secos pizarrales a los bonales encharcados.

Debido a su situación geográfica, Fuencaliente se encuentra inmerso en pleno dominio del bosque mediterráneo. Este tipo de vegetación, que se extiende por la mayor parte de la Península, se caracteriza por su perfecta adaptación al largo y extremadamente seco periodo estival propio del clima mediterráneo. Para ello las plantas han desarrollado diversas estrategias como hojas pequeñas y endurecidas, frecuentemente espinosas, cubiertas protectoras, abundante pilosidad, etc.; todo ello encaminado a evitar la pérdida de agua durante el caluroso verano. Este es el dominio de los bosques de hoja perenne como los encinares y alcornocales, así como de sus matorrales de sustitución, tan bien representados en estas sierras.

Sin embargo, la orografía de la zona ha modificado en gran medida este bosque mediterráneo típico. La altitud, y la disminución de temperaturas que ello conlleva, favorece la condensación de los vientos húmedos procedentes del océano, aumentando las precipitaciones, repartiéndolas más regularmente a lo largo del año y disminuyendo así la duración y rigurosidad del periodo seco.

En este sentido es significativo que mientras que las precipitaciones en Fuencaliente alcanzan los 700 mm anuales, aumentando en las sierras, en zonas vecinas como Puertollano o Pozoblanco no sobrepasan los 500 mm anuales. Por otra parte, las temperaturas, sobre todo las estivales, son también más suaves: la media más alta en verano es de 32º C, mientras que en las localidades antes mencionadas rondan los 35ºC.; al mismo tiempo, la disposición NO-SE de las sierras protege las zonas de umbría disminuyendo la insolación.

La consecuencia de esta suavización del clima es la aparición de una vegetación peculiar, diferente en muchos aspectos a la de regiones vecinas y más parecida a la de latitudes superiores. Esta peculiaridad climática se pone de manifiesto en la presencia de algunas comunidades vegetales como bosques caducifolios - robledales, quejigares, alisedas - o brezales higroturbosos. Estas formaciones vegetales son verdaderos enclaves de vegetación de influencia atlántica inmersos en el dominio de los encinares y alcornocales perennifolios mediterráneos. De hecho, algunas de las especies de la flora de estos ecosistemas presentan en estas sierras su límite meridional de distribución peninsular. Muestra de esta peculiaridad botánica es también la extraordinaria abundancia y variedad de líquenes, de los que se han catalogado más de 100 especies solamente de epifitos (que viven sobre otras plantas), algunos de ellos exclusivos de estas sierras y otros cuya área de distribución actual está muy alejada de estas latitudes.

La importancia ecológica de la zona estriba no solo en la variedad y riqueza de la vegetación, sino también en su grado de conservación. Los bosques mediterráneos europeos, incluyendo los de la península han sido fuertemente alterados por la actividad humana a lo largo de la historia. El conjunto montañoso de Sierra Madrona presenta, debido a sus peculiaridades ecológicas así como a su tradicional aislamiento, uno de los núcleos mejor conservados de bosque mediterráneo de toda Europa.

Encinares y alcornocales

En la mayor parte del área, especialmente ocupando las zonas menos elevadas, las especies arbóreas dominantes son la encina y el alcornoque. Ambas especies se encuentran bien adaptadas a la escasez e irregularidad de las precipitaciones, si bien existen diferencias ecológicas en los bosques formados por cada una de ellas.

En condiciones ideales las áreas basales estarían ocupadas por un extenso bosque en el que la encina sería el árbol dominante. Sin embargo, debido a que precisamente estas zonas mas bajas se han dedicado tradicionalmente a la agricultura, el primitivo bosque de encinas ha desaparecido por completo. Sólo en algunas laderas pueden observarse pequeños enclaves, protegidos por roquedos y respetados por el fuego. Son núcleos de encinar normalmente achaparrado, muy denso, y dónde la ausencia de iluminación dificulta el desarrollo de hierbas y arbustos.

En lugar del encinar original, la explotación agrícola y ganadera ha originado un tipo de bosque aclarado, típicamente mediterráneo y muy productivo: la dehesa, método de aclarado de la cubierta arbórea y del sotobosque que permite el desarrollo de pastos y la posibilidad de cultivo, al tiempo que el aprovechamiento del árbol (bellotas, madera, carbón).

Buenos ejemplos de estas dehesas de encinas se encuentran ocupando las zonas llanas de raña de la cuenca del Guadalmez, que se continúan en el valle de los Pedroches, así como sobre los terrenos alomados del río Navalajeta o del Valmayor; en el vecino valle de Alcudia, se encuentra una de las mayores dehesas de encina de España, con ejemplares de espectacular tamaño.

Entre las especies que acompañan a la encina son frecuentes los piruétanos, acebuches, enebros, labiérnago...., y en las zonas más frescas también madroños, agracejos y cornicabras.

Al aumentar las precipitaciones y por tanto el grado de humedad del suelo, la encina es sustituida por el alcornoque, especie que requiere suelos más profundos, buena iluminación y cierta protección frente a las bajas temperaturas invernales, evitando las heladas frecuentes. Los alcornocales de Sierra Madrona encuentran su mayor desarrollo en las partes medias y altas de las solanas y, a menor altitud, en algunas umbrías. Aunque en el pasado, los alcornoques cubrirían muchas de las lomas y amplias zonas bajas de las laderas de las sierras, actualmente no ocupan grandes extensiones y rara vez forman bosques puros, siendo más frecuente observar ejemplares aislados o pequeños bosquetes de alcornoques donde se mezclan tanto con encinas como con quejigos. En gran medida su eliminación se ha debido a la utilización de los suelos para la agricultura: muchos de los olivares actuales se asientan hoy sobre antiguos alcornocales que fueron desmontados.

Precisamente al estar localizados en zonas más húmedas que la encina, el sotobosque que se desarrolla bajo el alcornocal suele ser más denso y variado, siendo sobre todo mayor la abundancia de especies lauroides tales como el madroño o el durillo, así como rusco y brezos.

Quejigares

El quejigo, árbol típicamente ibérico, presenta unas necesidades ecológicas intermedias entre los encinares-alcornocales y los bosques de roble melojo, desarrollándose en aquellas zonas demasiado frías para el alcornoque y cuya humedad es excesiva para la encina pero insuficiente para el rebollo. Estas condiciones se dan tanto en el fondo de los valles en los que las nieblas son frecuentes por efecto de inversión térmica, como en laderas en umbría en las que la sequía estival es menos acusada.

En el primer caso ocupan suelos profundos y húmedos, llegando a contactar con las alisedas y comportándose en algunas gargantas como un bosque de ribera. En los valles abiertos, al encontrarse en zonas llanas con posibilidades de cultivo, los quejigares han sido roturados y adehesados. Hay buenas muestras de quejigares adehesados ocupando los suelos frescos de valles como el Escorial o el río Montoro, a partir de los cuales ascienden ocupando los cauces de los torrentes o distribuyéndose alrededor de las alisedas en las cabeceras de los arroyos.

En las laderas de los relieves de Sierra Madrona, especialmente en las umbrías poco iluminadas, los quejigos representan una etapa de transición hacia los rebollares. En este caso rara vez forman bosques puros, siendo más frecuente encontrar un interesante bosque mixto de quercíneas, dónde se mezclan encinas, alcornoques, quejigos y robles, muy característico de éstas sierras y de gran valor ecológico. En ellos, bajo un continuo dosel arbóreo, se encuentra un estrato arbustivo y herbáceo de gran diversidad y riqueza florística; junto a durillos, majuelos, madroños y fresnos, abundan los helechos, peonías, rusco, brezos,...

Los quejigares destacan en el paisaje invernal por el carácter marcescente de sus hojas que, al igual que en el caso del rebollo, se desprenden al salir los brotes primaverales. El color verde brillante de sus hojas en verano y los tonos ocres al marchitarse en otoño ponen una nota de color en el paisaje verde oscuro de estas sierras; es también muy característica la presencia de agallas, consecuencia de la puesta de un insecto.

Robledales

La presencia de bosques de roble es la mejor muestra de la influencia de las condiciones atlánticas, que suavizan los rigores del clima mediterráneo. El ascenso hacia las cumbres, con el progresivo aumento de las precipitaciones, permite la aparición del melojo. Esta especie, aunque es el roble más resistente a la sequía, requiere precipitaciones por encima de los 700 mm anuales, siendo el principal factor limitante la duración del periodo seco estival.

Los robles de melojo se desarrollan preferentemente en las montañas silíceas con influencia atlántica de la mitad norte peninsular, haciéndose progresivamente más escasos hacia el sur. Junto con pequeños núcleos en las cordilleras béticas, principalmente Sierra Nevada, los melojares de Sierra Madrona, extensos y bien conservados, constituyen los robledales más meridionales de España.

A pesar de que su extensión ha sido considerablemente mermada por las cortas, los incendios y las repoblaciones de pinos, aún quedan excelentes bosques de robles: Sierra Quintana, Cereceda, Puerto Viejo, Hornilleros, La Garganta. La capacidad que tiene el melojo para brotar de cepa, formando un espeso matorral rastrero-rebollar- facilita su regeneración, al tiempo que aumenta su capacidad antierosiva, ya que retiene el suelo y previene su pérdida por escorrentía.

Estos bosques de robles, aunque constituyen masas bastante puras y homogéneas, pueden contener un cortejo de especies cuya composición varía con la altitud. En los niveles más bajos, en umbrías entre 800-1000 mts. con suelos profundos de tierra parda, se encuentran los robledales pertenecientes al piso mesomediterráneo. Acompañan al roble otras especies propias del matorral mediterráneo, siendo el madroño el más significativo; el sotobosque de estos robledales suele estar tapizado de helecho común y destacan por su espectacular floración primaveral las peonías.

Por encima de los 1000 mts. se alcanza el piso supramediterráneo, donde las especies de bosque mediterráneo se hacen progresivamente más escasas, y aparecen junto a los robles otras de hoja caduca como los arces, mostajos y serbales . La sombra que proyecta el robledal impide en gran medida el desarrollo de la vegetación bajo sus copas, por lo que el estrato arbustivo es muy escaso cuando el bosque no ha sido alterado; en cambio sí aparece un estrato herbáceo de rápido desarrollo primaveral.

Alisedas

La presencia de cursos de agua disminuye las condiciones de sequía y permite una vegetación característica que contrasta con la de los alrededores: el bosque de ribera o bosque en galería, en el que el aliso es el árbol dominante

En el fondo de los valles y gargantas de estas sierras se encuentran buenas muestras de este tipo de bosque de hoja caduca, que serpentea en el paisaje como una banda que destaca claramente de la vegetación de las laderas, especialmente si contacta con especies perennifolias como encinas o alcornoques.

El numero de especies de estos sotos es muy abundante. En la cubierta arbórea, dominada por los alisos, crecen otras especies como arraclanes, fresnos y ciruelos silvestres; los arbustos, frecuentemente espinosos, llegan a formar en conjunto una barrera infranqueable: sauces, escaramujos, majuelos, jazmines, zarzas,...; sobre ellos trepan vides silvestres, hiedra, madreselvas o nuezas.

El ambiente sombrío y la elevada humedad ambiental favorece la proliferación de especies umbrófilas, especialmente helechos: helecho real, helecho hembra, helecho común, ...

En los valles más abiertos, dónde las crecidas de los ríos han formado lechos de inundación pedregosos y el caudal de agua es discontinuo, los alisos se vuelven más escasos y el cauce es ocupado por otras especies como fresnos, adelfas y tamujos.

La existencia de agua permanente durante la mayor parte del año puede darse también en zonas de ladera en las que afloran acuíferos superficiales. En estas condiciones se desarrollan bonales, retazos de vegetación higrófila - juncos, mansiega, cárices, brezo de escobas - que contrasta fuertemente con el entorno. Estos enclaves, que pueden incluso originar alisedas de ladera, contienen algunas especies de distribución eurosiberiana que - como el brezo de turbera y la aulaga de turbera - se adentran así en la España mediterránea.

Matorrales

Sin duda las formaciones vegetales más características y extensas de toda Sierra Morena son las comunidades de arbustos conocidas genéricamente como matorrales. El término incluye una gran variedad de etapas seriales, desde altas formaciones arbustivas, próximas al bosque original, como los madroñales hasta comunidades rastreras y muy degradadas como tomillares y cantuesares.

La causa de este extraordinario desarrollo de arbustos hay que buscarla en la actividad humana, que ha modificado intensamente la vegetación; originalmente la vegetación natural que cubriría estas sierras serían los tipos de bosque descritos: encinares, quejigares, robledales, bosques de ribera. La búsqueda de campos de cultivo, pastos y rebrotes para el ganado ha provocado la eliminación del bosque original en grandes áreas. La destrucción, frecuentemente mediante el fuego, de la cubierta vegetal deja desprotegido al suelo; aumenta la insolación, disminuye su capacidad de retención de agua y facilita la erosión por la lluvia: la consecuencia es la proliferación de matorrales de sustitución del primitivo bosque.

La acción del fuego facilita la expansión de aquellas especies capaces de recuperarse rápidamente tras el paso de un incendio: algunas brotan fácilmente de cepa como los brezos o el mirto; otras, como las jaras, poseen semillas cuya germinación se ve estimulada por las altas temperaturas de los incendios. No es de extrañar que los brezos y diversas jaras sean las especies dominantes.

La composición florística de los matorrales de sustitución es muy variada, dependiendo de la altitud, orientación y, sobre todo, del grado de erosión del suelo; a medida que aumenta su degradación y disminuye su capacidad de retención de agua, las comunidades están cada vez más alejadas del óptimo y proliferan las especies mejor adaptadas a las condiciones de insolación y escasez de agua.

En las solanas la eliminación del encinar permite la formación de coscojares, con abundancia de arbustos de mediano porte como lentisco, coscojas, olivillas, torvisco, romero, rascaviejas,...

Las elevadas pendientes favorecen la erosión, de manera que con frecuencia termina aflorando la roca madre; la eliminación de los coscojares favorece la aparición sobre estos suelos pizarrosos y con fuerte insolación de los jarales; estas formaciones están dominadas por la jara pringosa, a la que pueden acompañar otras especies como aulagas, jaguarzos, jara rizada, ....; las últimas etapas de degradación resultan en la instalación de tomillares, con almoraduj, siempreviva de monte y cantuesos.

En las umbrías, en condiciones de mayor humedad y sobre suelos más profundos, las etapas seriales que siguen a la eliminación de robledales, alcornocales y quejigares originan madroñales. Estos son formaciones de elevado porte, que forman densos y casi impenetrables matorrales, dominados por retorcidos ejemplares de madroño al que acompañan otras especies arbustivas como durillo, cornicabra, brezo blanco.. Precisamente en la abundancia de estos madroñales está el origen del nombre de Sierra Madrona.

La degradación de estos madroñales da paso a un jaral-brezal con especies más exigentes en humedad, como jara cervuna, brezo de escobas, brezo colorado, hiniesta.

Si la degradación es mayor, sobre suelos con poca profundidad, aparece un pobre nanobrezal con brezo enano, brecina, jarillas y carquesia; estos brezales rastreros son frecuentes sobre todo en las cumbres, dónde la eliminación de los bosques de melojo provoca la pérdida de nutrientes minerales por lavado del agua de lluvia ya que no pueden ser retenidos por el sistema radicular de la vegetación; se forman así suelos podsolizados, grises, ácidos y muy pobres; en estos brezales crece una curiosa especie de planta insectívora, el drosófilo, que busca en los insectos los nutrientes que no le proporciona el suelo.

Roquedos y pedrizas

Las cresterías cuarcíticas de las cumbres, las cornisas rocosas y las pedrizas presentan una vegetación particular, cuya composición depende de la altitud, naturaleza pizarrosa o cuarcítica del sustrato y orientación. En las superficies mas soleadas crecen pequeños helechos, uvas de gato, clavellinas,...; en las grietas de las paredes protegidas de la insolación es frecuente encontrar dedaleras, codeso, escrofularia,...

En las cresterías de las cumbres, la elevada insolación, los vientos y la escasez de suelo, provoca una inversión de la vegetación: los robles son nuevamente sustituidos por encinas y, sobre todo, por enebros que crecen achaparrados entre las grietas del roquedo. En las cumbres de la Sierra de Navalmanzano, las crestas y grietas de las cuarcitas mantienen una pequeña población de pino negral que se comporta como rupícola; aunque esta especie ha sido muy utilizada para las repoblaciones forestales, éste núcleo relicto de La Hoya de los Pinos es el único pinar autóctono de toda Sierra Morena. Otros puntos de interés son las crestas del Abulagoso, topónimo que se debe a la presencia en sus riscos orientados al Norte de matorrales espinosos de piorno-aulaga.

Pero además del interés por el número de especies y el carácter de endemismos de algunas de ellas, las pedrizas y roquedos han sido enclaves respetados por los numerosos fuegos que periódicamente se han provocado para favorecer el desarrollo de rebrotes tiernos para el ganado cabrío; por ello se encuentran en estos puntos algunos de los ejemplares de encinas, madroños, quejigos o enebros de mayor porte de estas sierras.

Especies citadas en el texto

Acebuche: Olea europaea

Adelfa: Nerium oleander

Agracejo: Phillyrea latifolia

Aulaga: Genista hirsuta

Aulaga de turbera: Genista anglica

Alcornoque: Quercus suber

Aliso: Alnus glutinosa

Almoraduj: Thymus mastichina

Arce: Acer monspessulanum

Arraclán: Frangula alnus subsp. baetica

Brecina: Calluna vulgaris

Brezo blanco: Erica arborea; E. lusitanica

Brezo de escobas: E. scoparia

Brezo colorado: E. australis

Brezo de turbera: E. tetralix

Brezo enano: E. umbellata

Cantueso: Lavandula stoechas subsp.luisieri y subsp. sampaiana

Carquexia:Pterospartum tridentatum

Ciruelo silvestre: Prunus insititia

Clavellina: Dianthus lusitanus; D. crassipes

Codeso: Adenocarpus argyrophyllus

Conejitos: Antirrhinum graniticum subsp. onubensis

Cornicabra: Pistacia terebinthus

Coscoja: Quercus coccifera

Dedalera: Digitalis mariana subsp. mariana

Drosófilo: Drosophyllum lusitanicum

Durillo: Viburnum tinus

Encina: Quercus ilex subsp. ballota (Q. rotundifolia)

Enebro: Juniperus oxycedrus

Endrino: Prunus spinosa

Escaramujo: Rosa sp.

Escrofularia: Scrophularia oxyrhyncha

Fresno: Fraxinus angustifolia

Garbanzuelo: Astragalus lusitanicus

Helecho común: Pteridium aquilinum

Helechos hembra:Athyrium filix-foemina,

Helecho real: Osmunda regalis

Helechos rupicolas: Cheilantes hispanica, Cheilantes guanchica, Asplenium billotti, Asplenium trichomanes, Asplenium ceterach, Asplenium onopteris, Polypodium interjectum.

Hiedra: Hedera helix

Hiniesta: Cytisus scoparius

Jaguarzo negro: Cistus monspeliensis

Jara blanca: C. albidus

Jara cervuna: C. populifolius

Jara pringosa: C. ladanifer

Jara rizada: C. crispus

Jarillas: Halimium umbellatum; H. ocymoides

Jazmín silvestre: Jasminum fruticans

Labiérnago: Phillyrea angustifolia

Lentisco: Pistacia lentiscus

Madreselva: Lonicera periclymenum; L. etrusca

Madroño: Arbutus unedo

Mansiega: Molinia caerulea

Majuelo: Crataegus monogyna; C. laciniata

Mostajo: Sorbus torminalis

Nízcalo: Lactarius deliciosus

Nueza blanca: Bryonia dioica

Nueza negra: Tamus communis

Olivilla: Teucrium fruticans

Peonía: Paeonia broteri

Pino negral: Pinus pinaster

Pino piñonero: Pinus pinea

Piorno-aulaga: Echinospartum ibericum

Piruétano: Pyrus bourgaeana

Quejigo: Quercus faginea subsp. faginea y subsp. broteroi

Rascavieja: Adenocarpus telonensis

Roble melojo, rebollo: Quercus pyrenaica

Romero: Rosmarinus officinalis

Rusco: Ruscus aculeatus

Serbal: Sorbus aria, S. domestica

Siempreviva de monte: Helichrysum stoechas

Tamujo: Flueggea tinctoria

Torvisco: Daphne gnidium

Uvas de gato: S. arenarium, S. hirsutum,..

Vid silvestre, parriza: Vitis vinifera

Violeta: Viola riviniana

Zarza: Rubus sp.

Endemismos y especies de interés

En Sierra Madrona se han catalogado alrededor del millar de taxones vasculares, la mayoría de ellas herbáceas; entre el centenar largo de especies leñosas destacan más de una veintena de especies arbóreas.

Desde el punto de vista biogeográfico, esta flora pertenece a la provincia botánica Luso-Extremadurense - que ocupa gran parte de la mitad occidental penínsular - y en concreto al Sector Mariánico-Monchiquense, caracterizado por una serie de endemismos exclusivos, entre los que pueden citarse:

Jasione crispa ssp mariana y ssp tomentosa

Digitalis mariana ssp mariana

Dianthus crassipes

Scrophularia oxyrhincha

Coincya longirostra

Centaurea toletana ssp tentudaica

Antirrhinum graniticum ssp. onubensis

Pero, como se ha indicado anteriormente, la importancia de la flora de Sierra Madrona no se encuentra en su abundancia en elementos endémicos - el conjunto de Sierra Morena no es particularmente rico en especies vegetales exclusivas - sino en la presencia de taxones cuyo óptimo de distribución se encuentra más al Norte y que reflejan la influencia atlántica en estas sierras. Entre estas rarezas botánicas cabe destacar algunos helechos de ribera como Blechnum spicant y Osmunda regalis, herbáceas de los robledales como Arenaria montana, Doronicum plantagineum o Physospermum cornubiense, o especies higrófilas propias de bonales y riberas: Sibthorpia europea, Carum verticillatum, Scutellaria minor, Viola riviniana, Fuirena pubescens,.… Algunas de las especies de estos ecosistemas presentan en estas sierras su límite sur de distribución peninsular: Erica tetralix, Genista anglica, Echinospartum ibericum, Adenocarpus argyrophyllus.

Entre estas especies de interés, algunas de ellas especialmente significativas han sido incluidas en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Castilla-La Mancha con distintos grados de protección: Drosophyllum lusitanicum, Acer monspessulanum, Erica lusitanica, Sorbus torminalis, Sorbus aria, Pyrus bourgeana,...

volver índice