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MONTERÍAS EN SIERRA MORENA A MEDIADOS DEL SIGLO XIX
(EL ORIGEN DEL GENTILICIO DE FUENCALIENTE: CUCONES)

Este libro cuenta las peripecias de un grupo de siete cazadores de Arjona (Jaén) que en el año 1864 estuvieron varios días de montería por la sierra de Andújar, concretamente por Montealegre y las dehesas del río Cabrera, un afluente del río Yeguas por su parte derecha. Está escrito por uno de los participantes, Don Pedro Morales Prieto, cazador y general del ejército.

La curiosidad de este libro es que es la única referencia que hemos encontrado sobre el gentilicio "cucones" con el que nos conocen a los nacidos en Fuencaliente. Los cucones son la gente de la sierra que se contratan como "escopetas negras" en las cacerías; y se llaman así "porque se valen del canto del cuco para darse avisos".

El libro, además, tiene bastantes pasajes que se describen la vida y costumbres de la gente que vivía en el campo, en este caso por la sierra de Andújar, un sitio muy ligado a los habitantes de Fuencaliente, pues allí han vivido muchos de ellos, desde la Merced hasta Navamuñoz, pasando por Valdelagrana.

Aquí hacemos una referencia a los pasajes más interesantes de dicho libro, muy difícil o casi imposible de encontrar, salvo en algunas bibliotecas. La primera edición de este libro fue en 1904, y después fue reeditado por la Diputación de Jaén en 1990. Las citas que aquí adelante copiamos son literales, salvo las frases que dan título a cada pasaje.

Francisco Díaz Buenestado. Fuencaliente.

QUIENES SON LOS CUCONES

En Sierra Morena se hace una división convencional del personal que concurre á una expedición de caza, y en el momento de figurar en ella, pierde uno su personalidad para convertirse en escopeta blanca ó negra, según su calidad. Las blancas son los señoritos y los convidados, y las negras los cucones, ó gente de sierra que se contrata para el servicio de la expedición, gente muy práctica y de gran habilidad en el tiro de escopeta, que conoce al dedillo todas las veredas y vericuetos de la sierra, y que tiene siempre abierta cuenta corriente con la Guardia civil; no porque sean de instintos criminales, sino porque se dedican á ser cazadores furtivos, y este oficio tiene sus quiebras con la Benemérita y los guardas de las dehesas.

Se llaman cucones, porque se valen del canto del cuco para darse avisos y señalar la aproximación de las piezas de caza; y suelen imitar tan perfectamente el canto de dicha ave, que á las citadas piezas, aunque sean mayores, no les produce recelo ni escama el oírlo.

TÉCNICAS DE CAZA: LAS BALAS ENCADENADAS

Generalmente los cazadores de reses cargaban el cañón derecho de sus escopetas con dos balas esféricas encadenadas, y el izquierdo con una.
Las balas se encadenan ó unen vaciando con una navaja un pequeño casquete esférico en cada una de ellas, y poniendo ambas incisiones en contacto y dándoles después, con fuerza, una media vuelta como si se atornillasen, quedan los proyectiles unidos y así entran en el cañón.

EL RÍO MONTORO

El Montoro nace en el mismo lomo que el Tablillas; corre también al Este por el Sud de dicha Sierra de las Ventillas. Recorre la primera parte del conocido valle de la Alcudia; le ciñe también por el Sud la Sierra de la Alcudia, que yá es parte de la Morena; recibe por la izquierda el Tablillas y se junta al Fresnedas. En esta junta pierden sus nombres Fresnedas y Montoro, y el río que resulta es el Jándula, que corre hacia el Sud.

LA CARRETERA DE FUENCALIENTE

La comarca en cuestión debe muy poco á los Gobiernos en punto á caminos. No hay más carreteras que una, aún no acabada, que remonta el río Yeguas, al Oeste del Jándula; cruza la Sierra de Sud á Norte, llega á Fuencaliente, orígenes del mismo Yeguas, y aquí se bifurca siguiendo un ramal á Puertollano, y otro, algo más al Oeste, al pueblecillo de Veredas. Una vez acabado los dos ramales, quedarán en contacto con el ferrocarril de Madrid á Badajoz, tanto en Veredas como en Puertollano. Ferrocarril no hay más que un pequeñísimo trozo del ya dicho de Madrid á Badajoz, que toca á la comarca en Puertollano.
Debiera haber por lo menos otra carretera que, á partir de Andújar, marchara Jándula arriba, á salir de la Sierra por el Hoyo y el Tamaral, y siguiendo por la cuenca del Fresnedas, llegase á la Calzada de Calatrava, donde se relacionaría con la vía férrea de este punto á Valdepeñas.

EN EL PUENTE DE ANDÚJAR SE PAGA PORTAZGO

Á las nueve y cuarto pasaban los cazadores el Guadalquivir por el puente de Andújar, y don Sebastián pagaba el portazgo que entonces se exigía á los dueños de las caballerías y carruajes que lo atravesaban.

DESCRIPCIÓN DE UN CORTIJO DE LA SIERRA: LA CHOZA DE MONTEALEGRE

La choza de Montealegre era, por su construcción y condiciones, semejante á las que en muchísimas dehesas de Sierra Morena servían, en la época á que nos referimos, de morada á los guardas de las fincas y á sus familias. La constituía un cercado rectangular de piedras de bastante espesor, trabadas con barro, de unos dos metros de altura, cubierto de una techumbre de madera sin labrar, en forma de ángulo diedro, con las caras muy ingeniosamente revestidas con ramas de adelfa y de retama. La que nos ocupa tenía una superficie de 16 X 10 metros; estaba orientada de Norte á Sud, con la puerta al Oriente, y una ventana de unos 0,60 X 0,50 metros, á Occidente. El hogar estaba en el centro del hueco de la izquierda, conforme se entraba en la choza, y correspondiendo á aquél, tenía abierta en la techumbre una pequeña abertura por donde salían los humos.
En el interior de los muros había sujetas fuertes estacas y cuernos de venado, que servían de perchas; y una cantarera con dos senos, una
mesa pequeña, mugrienta y desvencijada, cuatro asientos, hechos de rodajas de corcho, unidos por clavos, de madera de jara; un candil, una sartén, unas trévedes, dos cántaros cañeteros desportillados, una jarra de barro de Andújar con las boqueras averiadas, dos pequeños lebrillos y un par de pucheros de barro, constituían el ajuar de tan campestre morada.

COMEN LOS SEÑORITOS Y LUEGO EL PERSONAL: CUCHARÁ Y PASO ATRÁS

Terminada la cena de los señores, se zarandeó la sartén, para que se extendiera el arroz por igual en los huecos que habían dejado hechos aquéllos, y en unión de las trévedes fueron colocados ambos enseres al lado del vivac que tenía encendido la gente del exterior, y bien pronto se vió rodeada por aquélla. Juanico Navarro presidió esta comida con la formalidades practicadas por el cura Pérez en la de los señores, si bien variaba el cuadro, pues en esta segunda permanecía la gente de pie y había aquello de cucharada y paso atrás, y lo animaban los perros que metiendo la cabeza entre las piernas de los comensales, no dejaban caer hueso al suelo, por arrebatarlo en el aire.

PERSONAL CONTRATADO: MONTEADORES Y PODENQUEROS

Es costumbre antigua en la sierra contratar á la gente auxiliar de las monterías, y aun á la que concurre á las expediciones de caza menuda, bajo las siguientes condiciones. Primera: jornal diario, que varía entre cinco y seis reales, para las escopetas negras, y de ocho á diez para los postores, incluyendo como días de jornal el de llegada al rancho y el de regreso á sus hogares. Segunda: el alimento necesario para la vida de la sierra. Tercera: una cajetilla de tabaco picado, con el papel de fumar correspondiente, un día sí y otro no.
Además, se les provee diariamente de la pólvora, balas y pistones necesarios para el consumo que prudencialmente se calcule que puedan hacer en el día. E n las monterías suelen las escopetas negras echar la pólvora en los cartuchos de hoja de lata que llevan en la canana, que luego cierran con tapones de corcho; y en las expediciones de caza menuda, suelen echarla en un pequeño cuerno que llevan pendiente del hombro izquierdo con una correa. Cada cartucho de la canana hace, en lo general, cinco cargas de pólvora, y para las monterías ordinariamente se les llenan dos. Á los monteadores y podenqueros se les llena por completo el frasco, para que no escaseen las salvas y éstas sean enérgicas cuando se levanten las reses.

LAS FÓLLIGAS DE LAS RESES

Tampoco podían evitarse las muestras de satisfacción originadas porque el postor se apercibía de las fólligas recientes de las reses, y señalaba la dirección de éstas hacia el terreno que se iba á montear.

DOS TIROS A ASOMA TRASPÓN

La res era, en efecto, una hermosa cierva de la raza albar, que venía con su Jabatilla siguiendo la dirección de la banda derecha de escopetas. Á los primeros latidos del perro que la levantó, acudieron dos más de la reala de D. Francisco, y la cierva venía que encendía, perseguida por los tres canes, arrollando monte, rodando piedras y tronchando cándalos, apareciendo á los pocos momentos en el puesto del señor cura.
Éste la dejó aproximar ó la dejó cumplir, según el tecnicismo de la gente de la sierra, y al tenerla muy próxima le disparó la escopeta.
La res dió al tiro un salto bastante pronunciado y siguió su derrotero rozando parte de la mata del puesto, y apercibiéndose D. Sebastián de la dirección que llevaba, le disparó dos tiros á asoma traspón y á bastante distancia, y la cierva se marchó ilesa á buscar nuevas guaridas.

EL ACEITE Y VINAGRE

Una tortilla de patatas, una ración, por barba, de salchichón, algunas granadas, aceitunas y queso en aceite, complementaron esta singular comida, que es indudablemente la más clásica entre los cazadores de Sierra Morena.
Algunas veces se echan habichuelas ó patatas cocidas en el aceite y vinagre, que así se llama á esta vianda, y en la primavera se le agregan naranjas picadas, y resulta una comida apetitosa, sana, fresca y de mucho alimento.

LAS CABRAS MONTESES

¿Encontraremos cabras montesas en los terrenos que vamos á montear? — preguntó Caldera.
—No,—contestó, D. Diego.—En estos contornos sólo se crían en las Someras y en el Peñón Amarillo de la dehesa del Peral; en los burcios de Cabeza Parda, en los de la Tía Rita y en los barrancos de los Borondos, todos terrenos de la región del Jándula. Por cierto que son una caza muy divertida, pues ordinariamente se presentan á los cazadores en piaras de seis ó de ocho, y á veces de más, saltando de peñón en peñón para defenderse de los perros, y prefieren recorrer así todo el portillo y sufrir el fuego de las escopetas, á escapar por terrenos afables y limpios de riscos y peñones, en los cuales, su espíritu de conservación les dicta que serían inmediatamente alcanzadas y devoradas por los perros.
En cierta ocasión que se montearon las Someras, y tu buen padre ocupaba uno de los viajes que van á la Umbría de Gangueros, se le presentó una piara, y les disparó siete tiros de bala con escopeta de un cañón y de antecarga, y solo logró matar un macho, pero dé los más grandes.

UN LANCE DE CAZA : EL CALENTÓN

El guarda reconoció á su paso por el puesto de D. Pedro los dos tiros de la cierva que aquél fogueó, no hallando en ellos señales de ir herida la res; y el haberse echado ésta en la lastra al segundo disparo, lo explicó diciendo que fue efecto de pasarle la bala muy cerca de la columna vertebral, y que este caso solía producirse algunas veces, y la gente de la sierra lo conocía con el nombre de calentón.

DOS VENADOS ENGANCHADOS POR LAS CUERNAS EN EL HONTANAR DE FLORES

Pero también ocurre que á dicho berrido contesta otro y otros, y entonces se establece una lucha que podemos llamar de dimes y diretes, que concluye con una batalla entre los machos, en la que muchos salen heridos por las defensas de sus contrarios; otros sacan mutiladas sus cuernas, y algunos duelistas se entrelazan éstas en tal forma que quedan imposibilitados para la huida y pueden ser cogidos por cualquiera persona, como sucedió no hace mucho en la dehesa de Fontanar de Flores, que un muchacho se hizo dueño de dos venados que estaban en dicha forma, tan sólo con acercase á ellos con precaución y desjarretarlos con una pequeña navaja.

LOS CUQUILLEROS: CAZADORES DE PERDICES CON RECLAMO

—En el mes de Marzo me dieron seis duros; por consiguiente, si me da usted uno más por la jaula y el trigo que se ha comido desde entonces acá, desde luego es de usted.
—Allá van,—y D. Sebastián le entregó los siete duros quedándose con el reclamo.
Y he aquí cómo adquirió un buen reclamo de tres celos por poco dinero, que después fué la admiración de los cuquilleros de Arjona y el azote de las perdices de Albaida, de las Rabuas, de los Cotrufes y de los barrancos de los Cristos.

SALMUERA PARA LAS PATAS DE LOS PERROS

Á los perros se les dio su ración de cena; pero antes se les metieron las cuatro patas en una composición de vinagre y sal, que se llama salmuera, con el fin de que se les endurecieran, pues realmente estaban aspeados por efecto del mucho trabajo que habían tenido en tres días.
Este remedio es eficacísimo, y los vuelve á poner en condiciones de cazar con todas sus facultades, por lo que suele repetirse cada tres ó cuatro días y á veces más á menudo, en las expediciones de montería.

UN EXCELENTE CUQUILLERO

—¿Mudan la pluma todos los años las perdices?
—Sí, pero sólo cada dos es cuando hacen la muda completa, que son los que las corresponde tirar hasta la caspa. Los otros años sólo mudan la pluma larga, la de los escudos y alguna otra.
Como yo vivo entre perdices, pues tengo siempre lo menos dos en mi despacho, he podido hacer las observaciones que te he referido; y es más, he notado también que los años que los reclamos mudan del todo y tiran la caspa, es su comportamiento mucho mejor que en los que sólo mudan á medias.
—-Fuerza es convenir, mi querido D. Sebastián, en que es usted un excelente cuquillero,— dijo Cardera;— pero dejemos esta conversación y vamos á otro asunto que interesa.

ACEITE Y VINAGRE CON TAJADAS DE JABALÍ

Se comió el aceite y vinagre en la orilla del río, al cual se adicionaron algunas tajadas de carne de jabalí fritas.

EL PORTILLO: LA MANCHA DE TERRENO QUE SE CAZA

La cierva siguió muy apretada por los perros y recorrió en esta forma todo el portillo, entrándole al fin á Juanico Navarro, que estaba colocado, en la misma Cabezada de la Parra, y dejándola cumplir con gallardía, le pegó un balazo en mitad de las paletas que le hizo empinar sobre los remos traseros, y después caer en tierra para no levantarse más.
Á esto habían vuelto al portillo los perros que siguieron á los venados, que fueron los más, los que unidos á los de la cierva y animados por
los podenqueros, batieron con codicia el resto del portillo sin encontrar res alguna.
El portillo estaba terminado, y cumpliendo las escopetas y los podenqueros las órdenes del postor, se reunieron todos en el puesto de este último, en donde se ocupaba Juanico Navarro en hatear su cierva y en repartir los intestinos á los perros.

GUISO DE LENGUAS DE CIERVA

La guardesa preparaba en la cocina una bien repleta sartén de arroz con conejo, que debía servir de cena á todos los de la expedición, y además un guiso de carne de jabalí con patatas en un pucHero, que se destinaba de segundo plato para los señores. El cocinero se dedicaba á confeccionar una buena fuente de ensalada, ayudado por una hija de Juanico Navarro y en escaldar las lenguas de las cervunas muertas en el día, á fin de guisarlas para el siguiente.

HACER NOVIO AL CAZADOR

En seguida, y al rededor de una mesa, se constituyó el tribunal, que fué presidido por D. Diego Manuel, en el que actuaba de defensor D. Sebastián, de fiscal el Sr. Bellido y de representante de la acción popular el bueno de Juanico Navarro. Al presidente se le puso al alcance de su mano un monumental cencerro, para que encauzara las discusiones, y sobre la mesa se colocó una albarda que representaba el proceso, sentándose frente á ella y en actitud de escribir con una gran cuerna de venado, un cabrero del conde de Gracia Real, que llamaban de apodo El Indio, que actuó de secretario.
Á un enérgico repique de cencerro del presidente empezó la vista, exponiendo el fiscal su acusación, pero no en tonos tan enérgicos como deseaba la acción popular. El fiscal se concretó á acusar á Cardera de haber muerto de un balazo á un inocente venado, y pedía se aplicara al asesino la pena que estimase el tribunal, en harmonía con las leyes de caza que regían en la Sierra.
Pero Juanico Navarro, con la venia del presidente, manifestó que aunque la acusación comprendía el hecho principal, no abarcaba las circunstancias agravantes que en él concurrieron, como fueron: descubrirse cuando la res se presentó en el puesto, demostrando con esto tener el cazador poca serenidad. Tirarla parada y á bastante distancia, y recrearse apuntándola haciendo lo menos quince varas de longaniza, antes de soltarle el tiro. Que estas agravantes creía la acción popular que debían aumentar la pena, y así se lo suplicaba encarecidamente al tribunal.

EL FANDANGO ES EL BAILE FAVORITO DE LA GENTE DEL CAMPO

En seguida se empezó á bailar el fandango, que es el baile favorito de la gente de campo de la provincia de Jaén. Cardera fué invitado á servir de pareja á una linda muchacha y formó parte de una de las cuadrillas, y había que verlo contonearse al son de la guitarra y de las castañuelas, y subordinar los movimientos de sus kilométricas piernas á las cadencias de la música, al propio tiempo que subía, bajaba y arqueaba los brazos siguiendo el compás de aquélla.
En uno de los trenzados de la copla y al dar uno de los saltos, chocó su cabeza en el candil del techo, y cayó aquél en el suelo dejando el aceite y la torcida en la ropa del bailarín. Esto provocó gran risa en los concurrentes y aún en el mismo Cardera, que dió origen á no pocas bromas y á que se le compusieran coplas perfectamente ritmadas é intencionadas, alusivas al caso.

EL TÍO CHIMERO: POSTOR EN EL VALLE DE FUENCALIENTE

—Era por este tiempo. El tío Chimero, que era nuestro postor en aquellos terrenos y aun en los del Valle de Fuencaliente, tenía un chico de unos diez años, muy travieso, listo, y que manifestaba gran afición á la caza, y no pudiendo por sus pocos años ejercerla con la escopeta en las reses, conejos y perdices, se dedicaba á cazar colorines, chamarines, zorzales y otros pajarillos con espartos untados de liga.

UN REMEDIO PARA LAS HERIDAS: YESCA DE MANZANILLA

En cuanto llegó el tío Chimeno á recogerme y le conté los detalles del suceso sobre el propio terreno, quedó el hombre asombrado, y su primer cuidado fué ajustarme bien el pañuelo á la herida, que yo no había podido hacerlo más que de un modo imperfecto, poniéndome antes en ella buena cantidad de yesca de manzanilla, y me suplicó que me sentara en el puesto hasta que él volviera con mi caballo y una bestia para cargar las reses.

LOS JABALÍES BUSCAN REMEDIO A LOS PARÁSITOS EN LAS MATAS DE RUDA

¡Hola! Juanico, ¿qué vamos a hacer hoy?,— preguntó D. Diego.
—Pues montear por la mañana á Buenasyerbas y Valcabero á la vez, y por la tarde á Valdelmedio. En ambos portillos hay reses, y bastantes. Hace un momento acabo de recorrer la cuerda de Buenasyerbas, y he visto rastros recientes de muchos jabalíes, y por cierto que he notado revolcaderos fresquitos de ellos en unas matas de ruda, que me han chocado, porque generalmente no suelen revolcarse en estas matas más que en la primavera.
—¿Y por qué en la primavera y no en el otoño?,—preguntó D. Pedro.
—Porque en dicha primera estación, están llenos de miseria, y se la quitan revolcándose en las matas de ruda, pero como hemos tenido un otoño tan temprano y tan hermoso, se conoce que se les ha adelantado la primavera.

LA FÓLLIGA: LA HUELLA DE LA RES

—¿Ha encontrado usted rastros de cervunas?
—No, señor, en estos valles se acuestan pocas; pero con el ganado de cerda tenemos bastante.
Ya pueden ustedes echar buena cantidad de balas en las cananas, pues creo que todas se han de tirar. En Valcabero hago reses de todos tamaños; pero sobre todas, ha entrado un cochino, que á juzgar por la magnitud y profundidad de la fólliga que deja, debe ser el abuelo de los de su especie.

UN AGARRE CON FATALES CONSECUENCIAS: CINCO PERROS MUERTOS Y OTROS DOCE HERIDOS

En esto llegó al lugar de la lucha el podenquero Acebes fatigadísimo y jadeante, y á poco Barrerilla, el cazador de D. Pedro y el Sr. Bellido, cuyos dos últimos eran las escopetas próximas al puesto del señor cura, presenciando todos un espectáculo, triste sí, pero á la vez épico y grandioso.
Los perros Liberal, Terrible, Falucho, Paje y Fandango, yacían muertos á poca distancia unos de otros; el primero y tercero degollados y los restantes abiertas las cajas de sus cuerpos por el colmillo de la fiera.
En las matas próximas se encontraban echados, muy mal heridos y quejándose amargamente Pilatos, la Coqueta, Garibaldi y el cachorro Levita. Más allá, otros perros menos lesionados se lamían sus heridas y miraban á los cazadores y podenqueros como suplicando sus cuidados.
Total, cinco perros muertos, cuatro muy mal heridos, cinco que no lo estaban tanto y tres leves, componiendo en conjunto diecisiete bajas.

REFERENCIA A LOS CUCONES

A la noche siguiente nos trasladamos á la dehesa de Navalamoheda, ó Navalamojea, como vulgarmente la llaman los cucones, y en sus frondosos alcornocales establecimos nuestro campamento.

OTRA REFERENCIA A LOS CUCONES

—Eso no tiene gracia, dijo uno de los cucones que acompañaban á los expedicionarios. Las piñas se derriban así.
Y apuntando tranquilamente á una de ellas y disparándola, cayó intacta casi verticalmente, tronchada por el rabillo que la unía al árbol.

OTRA REFERENCIA MÁS A LOS CUCONES: LES QUIEREN PONER LA CENIZA EN LA FRENTE

Éste era un señor de la provincia de Valencia, gran tirador, que había conquistado justo renombre cazando patos en la Albufera, y que siendo sus ilusiones cinegéticas matar una res en Sierra Morena, había hecho los imposibles por conseguir el logro de su ideal.
Llevaba una endiablada carabina Winchester de repetición, que hacía más fuego que un volcán, y con ella se proponía poner la ceniza en la frente á todos los afamados cucones de Sierra Morena.

EL MARQUÉS DE LA MERCED

En la Loma de Mosquitilla pasamos un verano delicioso. Allí no se monteaba, porque según oímos una noche decir á Antonio, el guarda de los Escoriales, el dueño de la finca, que era el Marqués de la Merced, no tenía ya alientos para cazar, por no permitírselo su avanzada edad y sus achaques; y ya que no podía ejercer una afición que tanto le había dominado en su vida, y tan justo renombre le había hecho adquirir de buen montero, no daba permiso ni consentía que persona alguna, aunque fuera de su intimidad, cazara en la dehesa.

LOS REBAÑOS DE MACHOS CABRÍOS

Llegó á la indicada dehesa el propietario del gran rebaño de machos cabríos, de que he hablado, y sin duda por el gozo de verlos reunidos ó por otros fines, es lo cierto que ordenó á los cabreros que concentraran el ganado en un sitio adecuado; operación que parece dificilísima, dado lo mucho que se dispersa este ganado en los montes, y la extensión de terreno tan considerable que, por lo tanto, ocupan las cinco mil cabezas.
Pero nada hay difícil cuando se tiene maña y práctica para realizar las cosas. En todos los rebaños de esta especie, se eligen para mansos cierta cantidad de machos, generalmente el quince por ciento, de los que presentan mejores condiciones de docilidad, y una vez educados por el mansero, se les pone una esquila y se les deja en libertad de hacer vida común como las demás cabezas del rebaño.
Los manseros son zagales muy diestros y de gran habilidad para el desempeño de su cometido, y su mayor orgullo estriba en maniobrar con los mansos y reunirlos á toques de silbido, como se reúnen los perros de montería al toque del caracol.
El mansero, pues, fué el primero que empezó á funcionar para lograr el deseo de su amo; y al efecto, se colocó en el centro de una extensa llanura, y metiendo los dedos de la mano derecha en la boca, empezó á dar silbidos muy fuertes y estridentes, que escuchados por los mansos, acudieron presurosos á reunirse alrededor del zagal, con las cabezas hacia su persona; y había que ver más de setecientos mansos con sus esquilas, todos apelotonados, haciendo esfuerzos para disminuir los espacios hasta conseguir formar una masa compacta, sin más estímulo que los interesantes silbidos del mansero.
Cuando éste comprendió que la unión era perfecta, cesó de silbar, y al quedar la masa inactiva, saltó por encima de los mansos, y andando por sus lomos, como si fuera sobre adoquines, se salió del círculo que le tenían formado, y ya en tierra, se echó al hombro su cayado y empozó á andar, siguiéndolo dócilmente todos los mansos, que por cierto armaban una cencerrada que aturdía.
Los demás machos del rebaño, en cuanto se apercibieron de la marcha de los mansos, empezaron á bajar á escape al llano, y en poco tiempo se reunió toda la machada, que formaba un conjunto digno de verse, y cuando el dueño vió cumplidos sus deseos, dispersó el mansero á los mansos, y siguiendo el ejemplo las demás cabezas, se dispersaron también en todas direcciones.